EL chico le dio largas a la Policía. Pero Mohammed Merah ya sabía que saldría de aquel cerco policial con los pies por delante. A ser posible tras haber matado un poco más.
Lo único que parecía lamentar era no haber matado algo más antes de ser localizado. Pero ya había cumplido su cometido con creces. El mártir se iba servido. Los que nos quedamos tenemos menos motivos para estar satisfechos.
Cierto que se localizó a Merah horas después de su peor matanza en el colegio judío. Y se evitó siguiera matando como pretendía. Pero Policía y servicios de información habrán de dar ciertas explicaciones. Porque el asesino no era un jovencito gris y aburrido de un suburbio que un día, aburrido, decide ponerse a matar a gente. Era un chico con recursos y mucha iniciativa.
A sus 24 años había vivido para llamar la atención. Y la había llamado aunque lamentablemente no lo suficiente. Había viajado a Paquistán y Afganistán, entrenado en la región de Waziristán y sobrevivido en la cárcel de Kandahar. Y había tenido la inmensa suerte de, una vez en manos norteamericanas, ser enviado a Francia y no a Guantánamo.
También había estado en una reunión de salafistas en Cataluña donde desde ya hace años tenemos un serio problema del que todavía se ríen algunos insensatos de la izquierda patria. Merah no sólo se proclamó miembro de Al Qaeda. También decía tener vínculos con Forsanne Alizá (Los caballeros del orgullo), un grupo que reclutaba yihadistas en Francia para combatir en Afganistán.
Que está vinculado con el imán Abu Hamza, uno de los peores fanáticos islamistas que predica en el Reino Unido, uno de esos bárbaros que incomprensiblemente los países europeos permiten vivan y agiten en su territorio. Porque son esos imanes (o el de Tarrasa que condena nuestras leyes por ser contrarias al Islam) los que llevan la voz cantante para esos jovencitos.
No los amables y civilizadísimos sabios que acuden al Elíseo a dar su pésame y se abrazan con el presidente de la Comunidad Judía francesa.
¡Cuánto más fácil habría sido para todos que el autor de todas estas salvajadas de Toulouse hubiera sido un francés blanco y rubio! Saturado de lecturas nazis y racistas, con algunos contactos de camaradas en otros países, a ser posible en Alemania. Eso es lo que se creía y por eso había sido organizada una gran manifestación en París para el sábado. Todos unidos contra el nazismo. Y algunos un poco más satisfechos que los demás por las posibilidades evidentes de echar parte de culpa a la niña Le Pen o al propio Sarko.
Esa manifestación habría tranquilizado todas las conciencias. Ya estaba preparada para la escenificación de la unidad de razas, credos e ideologías contra el gran satán. Pero Merah lo estropeó todo. Y la manifestación tuvo que ser desconvocada. Rápida y vergonzantemente.
La gran foto de la magna expresión nacional de repulsa al crimen abominable ya no era posible. Y no porque el crimen hubiera cambiado. Sino porque lo había hecho la identidad del criminal.
¿Quién convoca la manifestación contra Al Qaeda? ¿Y contra el islamismo político? ¿Contra los salafistas? ¿O contra el imán Amu Hamza?
Unos se habrían desmarcado por considerarla una manifestación contra el islam. Otros no habrían ido por miedo. Al islamismo o a ser tachados de islamófobos. Y los entusiastas antifascistas son difíciles de motivar para estos menesteres "tan complicados". Y ahora, con las siete víctimas ya enterradas, aquí estamos los supervivientes, conminados una vez más al silencio porque el asesino no es el conveniente.
sesino rubio
domingo, 25 de marzo de 2012
martes, 6 de marzo de 2012
Putin, el matón a lo Stalin
Vladimir Putin entiende todo como un permanente juego de poder. Todo lo que le motiva, interesa y divierte es básicamente despliegue y demostración de poder. Sea deportar a un rival como Jodorkovski a Siberia con una crueldad gratuita propia de Iván El terrible. Sea pescar el mayor esturión del lago, aunque sea con trampas atribuidas al Invicto. Sea humillar a un estadista extranjero o a un gobernador nacional. O asustar a los subordinados.
Todo es permanente exposición pública del poder propio. En realidad Putin no fue nada especial por sí mismo en su irresistible ascensión desde su mediocre vida como agente del KGB en Dresde hasta aparecer junto a Yeltsin como primer ministro y sustituirle como presidente. Lo fue de 1999 a 2008.
Fue sumando poder según lo perdían todos aquellos que no querían cedérselo voluntariamente.
Todos los hombres fuertes de la transición, los magnates y políticos, se postraron ante él o sufrieron las consecuencias de no hacerlo. Que unas veces era la muerte (la física o la civil), otras el exilio, la cárcel o la ruina.
Desde el domingo vuelve a ser presidente de Rusia. Para no enredarse con la constitución le había dejado el cargo durante un mandato a un colaborador, Medvedev, que algunos creyeron alternativa y reveló ser tan sólo un obediente servidor. Ahora el matón con maneras, el hombre que gobierna como Stalin y vive como Abramovic, la perfecta simbiosis entre megamagnate capitalista y tirano feudal, ha vuelto sin haberse ido.
Y sin embargo, pese a su poder total, pese de su victoria electoral, la obediencia del aparato y las masas dependientes que le apoyan, Vladimir Putin ya no podrá gobernar como en sus mejores tiempos de la pasada década. El fraude electoral en las legislativas le ha despojado de su aureola de invencible. Las clases medias, las nuevas generaciones educadas y urbanas le han declarado la guerra.
Veinte años después del hundimiento de la URSS, Rusia es una sociedad cuya esperanza de vida cae constantemente, moralmente en quiebra, con un alcoholismo mucho peor que una peste medieval, una economía que exporta materias primas como un país subdesarrollado, de modernización superficial, que no ha construido otras infraestructuras que las que necesitan sus ricos en unas cuantas ciudades y con unos ciudadanos que sueñan con la riqueza para irse.
Él no podrá cambiarlo y por mucho que juegue ya a padre de la patria, la Rusia insatisfecha podrá con él.
Todo es permanente exposición pública del poder propio. En realidad Putin no fue nada especial por sí mismo en su irresistible ascensión desde su mediocre vida como agente del KGB en Dresde hasta aparecer junto a Yeltsin como primer ministro y sustituirle como presidente. Lo fue de 1999 a 2008.
Fue sumando poder según lo perdían todos aquellos que no querían cedérselo voluntariamente.
Todos los hombres fuertes de la transición, los magnates y políticos, se postraron ante él o sufrieron las consecuencias de no hacerlo. Que unas veces era la muerte (la física o la civil), otras el exilio, la cárcel o la ruina.
Desde el domingo vuelve a ser presidente de Rusia. Para no enredarse con la constitución le había dejado el cargo durante un mandato a un colaborador, Medvedev, que algunos creyeron alternativa y reveló ser tan sólo un obediente servidor. Ahora el matón con maneras, el hombre que gobierna como Stalin y vive como Abramovic, la perfecta simbiosis entre megamagnate capitalista y tirano feudal, ha vuelto sin haberse ido.
Y sin embargo, pese a su poder total, pese de su victoria electoral, la obediencia del aparato y las masas dependientes que le apoyan, Vladimir Putin ya no podrá gobernar como en sus mejores tiempos de la pasada década. El fraude electoral en las legislativas le ha despojado de su aureola de invencible. Las clases medias, las nuevas generaciones educadas y urbanas le han declarado la guerra.
Veinte años después del hundimiento de la URSS, Rusia es una sociedad cuya esperanza de vida cae constantemente, moralmente en quiebra, con un alcoholismo mucho peor que una peste medieval, una economía que exporta materias primas como un país subdesarrollado, de modernización superficial, que no ha construido otras infraestructuras que las que necesitan sus ricos en unas cuantas ciudades y con unos ciudadanos que sueñan con la riqueza para irse.
Él no podrá cambiarlo y por mucho que juegue ya a padre de la patria, la Rusia insatisfecha podrá con él.
lunes, 5 de marzo de 2012
Mediadores extranjeros
Se anuncian nuevos movimientos del mundo proetarra y de los grupos bautizados como mediadores y verificadores internacionales, para forzarle la mano al Gobierno en su política antiterrorista. Ahora mismo tienen el proyecto de organizar para la semana que viene una performance en el Parlamento Europeo.
Se trata, de nuevo, como ya sucedió durante la tregua de ETA anunciada bajo Zapatitos, de internacionalizar la cuestión, algo para lo que más de un diputado europeo estará sin duda dispuesto. El martes veremos hasta dónde ha conseguido llegar la capacidad de persuasión de los radicales.
El hecho es que estos grupos, los llamados mediadores y verificadores internacionales no han dejado de enviar mensajes al nuevo Gobierno del PP en el que garantizan que la banda terrorista no está realizando ningún movimiento que permita sospechar que va a romper su compromiso público de renunciar a los asesinatos. Y no sólo eso: según fuentes cercanas al propio Ejecutivo, están intentando que el presidente Rajoy o, en su defecto, el ministro del Interior, les reciba.
Y lo están intentando, además, "por tierra, mar y aire". Buscan, con el apoyo cerrado de los batasunos, dos cosas. Una, que su papel y los planteamientos que defienden queden legitimados por el Gobierno. Y dos : aparecer los etarras como pacifistas.
En definitiva, los mediadores y los verificadores están y actúan para conseguir que el Gobierno de España acabe negociando con la banda terrorista las condiciones para su disolución. Ésta es la apuesta y éste es el riesgo.
Rajoy no ha dicho nada. Nada de nada.
Todo lo que sea mantenerse ante la opinión pública vasca como abanderados de la pacificación les favorece electoralmente. Así que de disolución etarra, nada.
No hay más que ver por encima los datos que periódicamente publica en su Euskobarómetro el equipo del profesor Francisco Llera para calibrar lo que está pasando. Lo que se anuncia para marzo de 2013 es (elecciones a Gobierno Vasco) una victoria ajustada del PNV que, dado el panorama, se apoyaría en los abertzales para gobernar.
Por lo tanto, y con el agravante añadido de que la mayoría de los jóvenes vascos se inclina por apoyar las posiciones políticas de Batasuna y sus satélites, lo que se nos viene encima es el independentismo político apoyado en una aplastante mayoría parlamentaria.
Se trata, de nuevo, como ya sucedió durante la tregua de ETA anunciada bajo Zapatitos, de internacionalizar la cuestión, algo para lo que más de un diputado europeo estará sin duda dispuesto. El martes veremos hasta dónde ha conseguido llegar la capacidad de persuasión de los radicales.
El hecho es que estos grupos, los llamados mediadores y verificadores internacionales no han dejado de enviar mensajes al nuevo Gobierno del PP en el que garantizan que la banda terrorista no está realizando ningún movimiento que permita sospechar que va a romper su compromiso público de renunciar a los asesinatos. Y no sólo eso: según fuentes cercanas al propio Ejecutivo, están intentando que el presidente Rajoy o, en su defecto, el ministro del Interior, les reciba.
Y lo están intentando, además, "por tierra, mar y aire". Buscan, con el apoyo cerrado de los batasunos, dos cosas. Una, que su papel y los planteamientos que defienden queden legitimados por el Gobierno. Y dos : aparecer los etarras como pacifistas.
En definitiva, los mediadores y los verificadores están y actúan para conseguir que el Gobierno de España acabe negociando con la banda terrorista las condiciones para su disolución. Ésta es la apuesta y éste es el riesgo.
Rajoy no ha dicho nada. Nada de nada.
Todo lo que sea mantenerse ante la opinión pública vasca como abanderados de la pacificación les favorece electoralmente. Así que de disolución etarra, nada.
No hay más que ver por encima los datos que periódicamente publica en su Euskobarómetro el equipo del profesor Francisco Llera para calibrar lo que está pasando. Lo que se anuncia para marzo de 2013 es (elecciones a Gobierno Vasco) una victoria ajustada del PNV que, dado el panorama, se apoyaría en los abertzales para gobernar.
Por lo tanto, y con el agravante añadido de que la mayoría de los jóvenes vascos se inclina por apoyar las posiciones políticas de Batasuna y sus satélites, lo que se nos viene encima es el independentismo político apoyado en una aplastante mayoría parlamentaria.
sábado, 3 de marzo de 2012
Miguel Antonio de Zumalacárregui e Imaz
(Idiazabal, Guipúzcoa, 1773 – 1846, Madrid)
Político liberal y jurista, hermano mayor del famoso general carlista Tomás de Zumalacárregui.
Miguel Antonio tuvo diez hermanos, el penúltimo de los cuales, Tomás, 15 años más joven que él, obtendría gran fama y notoriedad como organizador y general del ejército carlista en la Primera Guerra Legitimista. La figura de Tomás, mitificada a lo largo del siglo XIX posiblemente debido a su prematura muerte; acabaría eclipsando a la de su hermano mayor, que fue una figura política notable en la primera mitad del siglo XIX; paradójicamente defendiendo ideas antagónicas a las de su hermano menor.
Miguel Antonio estudió filosofía y leyes en Córdoba, Sevilla y Osuna. Tras finalizar sus estudios comenzó una carrera en la administración del Estado. En 1797 obtuvo una plaza como abogado en la Audiencia de Sevilla y en 1803 fue nombrado Alcalde Mayor de la Audiencia de Oviedo.
Cuando comenzó el levantamiento contra los franceses, que dará inicio a la Guerra de la Independencia, abandonó su cargo y se unió a la guerrilla que combatía a los franceses en Asturias, donde tuvo un papel relevante en la toma de Oviedo en mayo de 1809.
Fue comisionado por las Juntas de Defensa de Asturias para acudir a Extremadura en busca de ayuda militar, y de allí marchó a Cádiz donde en 1810 se estaban constituyendo las Cortes de Cádiz.
En Cádiz fue elegido como representante de la provincia de Guipúzcoa en dichas cortes, elección que efectuó la colonia guipuzcoana radicada en dicha ciudad. Ostentó el cargo de diputado entre 1810 y 1814. En las Cortes de Cádiz se distinguió como un liberal moderado.
También ostentó la presidencia de las Cortes durante unos pocos días desde el 24 de enero de 1813 hasta el 23 de febrero de 1813, aprobando la disolución de la Inquisición Española, terminando su mandato en 1814.
En mayo de 1814 cuando el rey suspende las Cortes de Cádiz y restaura el absolutismo; manda encarcelar a Zumalacárregui junto con otros políticos liberales que habían participado en dichas Cortes. Zumalacárregui estuvo confinado durante año y medio en un hospital, debido a su delicado estado de salud. Fue acusado de tomar medidas contra la Iglesia y el Rey durante su mandato en las Cortes de Cádiz, pero perdiendo los cargos públicos y fue desterrado a Valladolid.
Apoyó el pronunciamiento del General Riego, dando comienzo al Trienio Liberal, y tomó parte de la Junta Revolucionaria, siendo elegido magistrado de la Audiencia de Madrid, y posteriormente miembro del Tribunal Supremo. En las disputas internas que tuvieron los liberales durante el Trienio Liberal, Zumalacárregui se alineó con los liberales moderados.
Se mantuvo en estos cargos hasta 1823, cuando se produjo la invasión de los Cien Mil Hijos de San Luis y acompañó al gobierno en su huida hacia el sur hasta llegar a Cádiz.
En 1833, tras la muerte de Fernando VII, es nombrado Oydor de la Audiencia de Galicia, y más tarde Oydor de la Audiencia de Burgos, que él se encargó de organizar. En aquel momento había estallado ya la Primera Guerra Carlista, en la que su hermano Tomás había tomado un papel relevante como comandante en jefe de los rebeldes carlistas.
Miguel Antonio trató de atraerse a su hermano al bando de Isabel II y para ello entabló correspondencia con él, pero todo intento de ello fue en vano.
En septiembre de 1835 Miguel Antonio es nombrado magistrado del Tribunal Supremo de España y las Indias y en 1836 es elegido Diputado a las Cortes Constitucionales en representación de Guipúzcoa, territorio que en aquel momento estaba en su mayor parte en manos de los carlistas.
Durante el mes de febrero de 1837 fue el presidente de las Cortes. Como liberal Miguel Antonio fue un defensor de la modificación de los Fueros vascos. Durante esa legislatura apoyó como diputado de Guipúzcoa el traslado de las aduanas del río Ebro a la costa y la abolición de las Diputaciones Forales, defendiendo de esa manera los intereses mercantiles de la ciudad de San Sebastián en detrimento de los del interior de la provincia.
En 1837 y 1839 fue re-elegido de nuevo Diputado a Cortes por Guipúzcoa ejerciendo dicho cargo hasta el final de la Guerra carlista. Fue elegido vicepresidente de las Cortes y ejerció la presidencia interina en varias ocasiones. Fue uno de los integrantes de la comisión foral que aprobó la Ley del 25 de octubre de 1839 que a pesar del Convenio de Vergara que había puesto fin a la Primera Guerra Carlista, modificaba los aspectos referidos de los Fueros Vascos, favoreciendo los intereses mercantiles de Bilbao o San Sebastián.
Por el bloguero que firma ILUSTRADO
Político liberal y jurista, hermano mayor del famoso general carlista Tomás de Zumalacárregui.
Miguel Antonio tuvo diez hermanos, el penúltimo de los cuales, Tomás, 15 años más joven que él, obtendría gran fama y notoriedad como organizador y general del ejército carlista en la Primera Guerra Legitimista. La figura de Tomás, mitificada a lo largo del siglo XIX posiblemente debido a su prematura muerte; acabaría eclipsando a la de su hermano mayor, que fue una figura política notable en la primera mitad del siglo XIX; paradójicamente defendiendo ideas antagónicas a las de su hermano menor.
Miguel Antonio estudió filosofía y leyes en Córdoba, Sevilla y Osuna. Tras finalizar sus estudios comenzó una carrera en la administración del Estado. En 1797 obtuvo una plaza como abogado en la Audiencia de Sevilla y en 1803 fue nombrado Alcalde Mayor de la Audiencia de Oviedo.
Cuando comenzó el levantamiento contra los franceses, que dará inicio a la Guerra de la Independencia, abandonó su cargo y se unió a la guerrilla que combatía a los franceses en Asturias, donde tuvo un papel relevante en la toma de Oviedo en mayo de 1809.
Fue comisionado por las Juntas de Defensa de Asturias para acudir a Extremadura en busca de ayuda militar, y de allí marchó a Cádiz donde en 1810 se estaban constituyendo las Cortes de Cádiz.
En Cádiz fue elegido como representante de la provincia de Guipúzcoa en dichas cortes, elección que efectuó la colonia guipuzcoana radicada en dicha ciudad. Ostentó el cargo de diputado entre 1810 y 1814. En las Cortes de Cádiz se distinguió como un liberal moderado.
También ostentó la presidencia de las Cortes durante unos pocos días desde el 24 de enero de 1813 hasta el 23 de febrero de 1813, aprobando la disolución de la Inquisición Española, terminando su mandato en 1814.
En mayo de 1814 cuando el rey suspende las Cortes de Cádiz y restaura el absolutismo; manda encarcelar a Zumalacárregui junto con otros políticos liberales que habían participado en dichas Cortes. Zumalacárregui estuvo confinado durante año y medio en un hospital, debido a su delicado estado de salud. Fue acusado de tomar medidas contra la Iglesia y el Rey durante su mandato en las Cortes de Cádiz, pero perdiendo los cargos públicos y fue desterrado a Valladolid.
Apoyó el pronunciamiento del General Riego, dando comienzo al Trienio Liberal, y tomó parte de la Junta Revolucionaria, siendo elegido magistrado de la Audiencia de Madrid, y posteriormente miembro del Tribunal Supremo. En las disputas internas que tuvieron los liberales durante el Trienio Liberal, Zumalacárregui se alineó con los liberales moderados.
Se mantuvo en estos cargos hasta 1823, cuando se produjo la invasión de los Cien Mil Hijos de San Luis y acompañó al gobierno en su huida hacia el sur hasta llegar a Cádiz.
En 1833, tras la muerte de Fernando VII, es nombrado Oydor de la Audiencia de Galicia, y más tarde Oydor de la Audiencia de Burgos, que él se encargó de organizar. En aquel momento había estallado ya la Primera Guerra Carlista, en la que su hermano Tomás había tomado un papel relevante como comandante en jefe de los rebeldes carlistas.
Miguel Antonio trató de atraerse a su hermano al bando de Isabel II y para ello entabló correspondencia con él, pero todo intento de ello fue en vano.
En septiembre de 1835 Miguel Antonio es nombrado magistrado del Tribunal Supremo de España y las Indias y en 1836 es elegido Diputado a las Cortes Constitucionales en representación de Guipúzcoa, territorio que en aquel momento estaba en su mayor parte en manos de los carlistas.
Durante el mes de febrero de 1837 fue el presidente de las Cortes. Como liberal Miguel Antonio fue un defensor de la modificación de los Fueros vascos. Durante esa legislatura apoyó como diputado de Guipúzcoa el traslado de las aduanas del río Ebro a la costa y la abolición de las Diputaciones Forales, defendiendo de esa manera los intereses mercantiles de la ciudad de San Sebastián en detrimento de los del interior de la provincia.
En 1837 y 1839 fue re-elegido de nuevo Diputado a Cortes por Guipúzcoa ejerciendo dicho cargo hasta el final de la Guerra carlista. Fue elegido vicepresidente de las Cortes y ejerció la presidencia interina en varias ocasiones. Fue uno de los integrantes de la comisión foral que aprobó la Ley del 25 de octubre de 1839 que a pesar del Convenio de Vergara que había puesto fin a la Primera Guerra Carlista, modificaba los aspectos referidos de los Fueros Vascos, favoreciendo los intereses mercantiles de Bilbao o San Sebastián.
Por el bloguero que firma ILUSTRADO
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