(Idiazabal, Guipúzcoa, 1773 – 1846, Madrid)
Político liberal y jurista, hermano mayor del famoso general carlista Tomás de Zumalacárregui.
Miguel Antonio tuvo diez hermanos, el penúltimo de los cuales, Tomás, 15 años más joven que él, obtendría gran fama y notoriedad como organizador y general del ejército carlista en la Primera Guerra Legitimista. La figura de Tomás, mitificada a lo largo del siglo XIX posiblemente debido a su prematura muerte; acabaría eclipsando a la de su hermano mayor, que fue una figura política notable en la primera mitad del siglo XIX; paradójicamente defendiendo ideas antagónicas a las de su hermano menor.
Miguel Antonio estudió filosofía y leyes en Córdoba, Sevilla y Osuna. Tras finalizar sus estudios comenzó una carrera en la administración del Estado. En 1797 obtuvo una plaza como abogado en la Audiencia de Sevilla y en 1803 fue nombrado Alcalde Mayor de la Audiencia de Oviedo.
Cuando comenzó el levantamiento contra los franceses, que dará inicio a la Guerra de la Independencia, abandonó su cargo y se unió a la guerrilla que combatía a los franceses en Asturias, donde tuvo un papel relevante en la toma de Oviedo en mayo de 1809.
Fue comisionado por las Juntas de Defensa de Asturias para acudir a Extremadura en busca de ayuda militar, y de allí marchó a Cádiz donde en 1810 se estaban constituyendo las Cortes de Cádiz.
En Cádiz fue elegido como representante de la provincia de Guipúzcoa en dichas cortes, elección que efectuó la colonia guipuzcoana radicada en dicha ciudad. Ostentó el cargo de diputado entre 1810 y 1814. En las Cortes de Cádiz se distinguió como un liberal moderado.
También ostentó la presidencia de las Cortes durante unos pocos días desde el 24 de enero de 1813 hasta el 23 de febrero de 1813, aprobando la disolución de la Inquisición Española, terminando su mandato en 1814.
En mayo de 1814 cuando el rey suspende las Cortes de Cádiz y restaura el absolutismo; manda encarcelar a Zumalacárregui junto con otros políticos liberales que habían participado en dichas Cortes. Zumalacárregui estuvo confinado durante año y medio en un hospital, debido a su delicado estado de salud. Fue acusado de tomar medidas contra la Iglesia y el Rey durante su mandato en las Cortes de Cádiz, pero perdiendo los cargos públicos y fue desterrado a Valladolid.
Apoyó el pronunciamiento del General Riego, dando comienzo al Trienio Liberal, y tomó parte de la Junta Revolucionaria, siendo elegido magistrado de la Audiencia de Madrid, y posteriormente miembro del Tribunal Supremo. En las disputas internas que tuvieron los liberales durante el Trienio Liberal, Zumalacárregui se alineó con los liberales moderados.
Se mantuvo en estos cargos hasta 1823, cuando se produjo la invasión de los Cien Mil Hijos de San Luis y acompañó al gobierno en su huida hacia el sur hasta llegar a Cádiz.
En 1833, tras la muerte de Fernando VII, es nombrado Oydor de la Audiencia de Galicia, y más tarde Oydor de la Audiencia de Burgos, que él se encargó de organizar. En aquel momento había estallado ya la Primera Guerra Carlista, en la que su hermano Tomás había tomado un papel relevante como comandante en jefe de los rebeldes carlistas.
Miguel Antonio trató de atraerse a su hermano al bando de Isabel II y para ello entabló correspondencia con él, pero todo intento de ello fue en vano.
En septiembre de 1835 Miguel Antonio es nombrado magistrado del Tribunal Supremo de España y las Indias y en 1836 es elegido Diputado a las Cortes Constitucionales en representación de Guipúzcoa, territorio que en aquel momento estaba en su mayor parte en manos de los carlistas.
Durante el mes de febrero de 1837 fue el presidente de las Cortes. Como liberal Miguel Antonio fue un defensor de la modificación de los Fueros vascos. Durante esa legislatura apoyó como diputado de Guipúzcoa el traslado de las aduanas del río Ebro a la costa y la abolición de las Diputaciones Forales, defendiendo de esa manera los intereses mercantiles de la ciudad de San Sebastián en detrimento de los del interior de la provincia.
En 1837 y 1839 fue re-elegido de nuevo Diputado a Cortes por Guipúzcoa ejerciendo dicho cargo hasta el final de la Guerra carlista. Fue elegido vicepresidente de las Cortes y ejerció la presidencia interina en varias ocasiones. Fue uno de los integrantes de la comisión foral que aprobó la Ley del 25 de octubre de 1839 que a pesar del Convenio de Vergara que había puesto fin a la Primera Guerra Carlista, modificaba los aspectos referidos de los Fueros Vascos, favoreciendo los intereses mercantiles de Bilbao o San Sebastián.
Por el bloguero que firma ILUSTRADO


Equivocados, o no (porque para ser defensor de Isabel II, ya había que tener ganas de defender algo), lo cierto es que se les notaba una cierta clase y ganas de trabajar; algo de lo que adolece la clase politicastra actual.
ResponderSuprimirY además se jugaban la vida y la hacienda.
Estos mangutas se juegan las de los demás.
Un abrazo de tu matasanos (aunque la verdad es que se me resisten como gato panza arriba, y así no hay quien baje el gasto en pensiones).
DON CAPI
SuprimirClaro que les daban, aquellos políticos, dos mil vueltas en ideales y cultura a TODOS los actuales.
Para empezar aspiraban los unos a establecer una sociedad de libertades ( los liberales) y los otros a mantener los privilegios tradicionales de las clases pudientes (los absolutistas y carlistas).
Y como bien dices, se jugaban hasta el tipo además de la hacienda o el empleo por defender esas ideas propias.
Uséase que, como decía don Pío ( que ejerció de matasanos en Cestona antes de ser escritor) la única solución que teniamos a las enfermedades diagnosticadas era : DEJAR OBRAR A LA NATURALEZA.
Y tú debes de tener enfermos con una NATURALEZA de hierro galvanizado.
Lo que les pasa es que cuando entran, ven las fotos de Bakio, el castillo de Butrón, la Catedral de Burgos, las rosas de mijardín, la bandera de España, y encima oyen la música que les pongo (con el equipo que me compré yo), es que reviven.
SuprimirSon como niños.
Solo pronunciar su nombre cansa. En este momento la clase política esta a unos niveles que da vergüenza que hablen en las tribunas, todo leído y a veces hasta se equivocan porque no saben ni leer.
ResponderSuprimir¿Les preguntamos a estos analfabetos políticos quien era este Vasco? seguro aue alguno lo ha visto jugar en la selección vasca de fútbol alguna vez.
O esto cambia o lo vamos a pasar mal.
Un abrazo amigo y yo a esperar a las Fallas y en seguida la Semana Santa y ya estamos en verano. esto corre que es una barbaridad y la "criada sin venir"
DON VICENTE
SuprimirAsí es : la clase política sólo sabe que existió Franquito y de ahí para atrás no saben nada de nada de lo que sucedió.
Es inutil que hoy se pregunte a ningún universitario, alcalde o catedrático quién era Zumalacarregui porque no tienen ni zorra idea.
Que pases bien las Fallas, quizá como dijo Cotino se os convierten en permanentes a cargo de los chicos de Rubal, y la inmediata Semana Santa. Aunque este año no creo que haya para muchas alegrías de viajes y demás costumbres existentes para esas fechas.
Fenomenal entrada Javier. No se puede comparar a los políticos del siglo XIX con los del XXI, entre otras cosas porque antes había ideales, valores, pensamientos auténticos, convicciones políticas, sociales, económicas y religiosas que defender y por las que entregar la vida. Este era uno de ellos, en breves fechas, tendremos el bicentenario de la Constitución de las Cortes de Cádiz de 1812, un buen momento para remenorar figuas como la de este liberal.
ResponderSuprimirDON ILUSTRADO
ResponderSuprimirEres tú al autor de esta entrada y por tanto la felicitación es para tí.
Evidentemente los políticos de ahora serían los ujieres de todos aquellos del XIX.
Y como dice CAPITÁN TRUENO además se jugaban su hacienda y su vida.