Los peregrinos van llegando por una carretera flanqueada por arrozales, atravesando el lago Kedungombo en pequeñas embarcaciones iluminadas por farolillos blancos o tras completar largas caminatas a pie. Suben los dos centenares de escalones que llevan a lo alto del monte Kemukus, en la región indonesia de Java Central, rezan ante la tumba de un príncipe muerto cinco siglos antes y aguardan a que el reloj marque la medianoche. Y entonces, en la oscuridad de la noche, sin preguntas ni compromiso, hacen el amor.
Todos los viernes "pon", una fecha del calendario lunar javanés que tiene lugar cada 35 días, miles de personas peregrinan hasta aquí en la creencia de que acostarse con un extraño les traerá buena fortuna.
Hay mujeres casadas que piden un trabajo para el marido en paro, padres que esperan curar el cáncer de un hijo, empresarios en dificultades y madres que suspiran por la entrada de una hija en la universidad. Es Lourdes, en versión impura.
La leyenda asegura que para conseguir el deseo solicitado hay que repetir el ritual siete viernes pon seguidos. El amante debe ser alguien a quien no se ha visto nunca. La relación, consentida. Y no se pueden utilizar preservativos porque no existían cuando los primeros lugareños iniciaron las procesiones a Kemukus en el siglo XVIII.
Lo que durante décadas fue un ritual local, minoritario y secreto ha ido creciendo hasta concentrar en sus días concurridos a 10.000 peregrinos, muchos de ellos convencidos de que el príncipe Samodra, muerto en este mismo lugar tras mantener una relación incestuosa con su madre, recompensará a quienes secunden su atrevimiento sexual.
El heredero del último rey hindú del imperio Majapahit se suicidó o fue ejecutado, dependiendo de quién cuente la historia, después de que su padre descubriera su amor prohibido. Que el mito ha sobrevivido lo demuestra la larga cola de seguidores que esperan su turno para arrodillarse y posar la cabeza sobre su lápida.
Para llegar a la tumba hay que pasar junto a decenas de charlatanes, magos y vendedores ambulantes que han ido tomando posiciones desde primera horas de la noche. Un encantador de serpientes corta la cabeza a una cobra antes de exprimir su sangre, mezclarla con Red Bull y ofrecerla como remedio contra la impotencia. Otro vende pelucas de mujer para quienes quieran buscar pareja en la ambigüedad y el anonimato.
Comerciantes llegados desde aldeas vecinas venden bebidas energéticas, cabezas de cocodrilo disecadas, brebajes afrodisiacos y todo tipo de medicinas tradicionales para el vigor sexual.
La ama de casa, de 52 años y madre de otros dos hijos, dice haber venido con el permiso de su marido y el temor de que alguien de la mezquita que frecuenta pudiera reconocerla. Indonesia es el país con más musulmanes del mundo (el 85% de sus 240 millones de habitantes), pero la religión ha sido tradicionalmente mezclada con ancestrales supersticiones locales, especialmente en la isla de Java.
El general Suharto, que dirigió con mano de hierro este archipiélago asiático hasta la caída de la dictadura en 1998, no tomaba ninguna decisión importante sin consultar a expertos en brujería.
Kemukus es sólo uno de los destinos donde los indonesios han mezclado sus creencias con el sexo. Cerca de Parang, también en Central Java, ocurre algo parecido en las aguas donde solía bañarse una princesa. Y también en la playa de Parang Kusuma, cerca de la ciudad de Yogyakarta, donde las parejas se reúnen para hacer el amor en honor de la esposa de un antiguo rey de Mataram. Las peculiaridades javaneses, sin embargo, han terminado de agotar la paciencia de los líderes religiosos que en los últimos años han lanzado una ofensiva para implantar una versión más conservadora del Islam en Indonesia.
Nuevas leyes contra la pornografía y las conductas inmorales han dado armas a los imanes, que ahora cuentan con la herramienta para denunciar situaciones como las de la Montaña del Amor. Un grupo de clérigos ha levantado en Kemukus una pequeña mezquita para disuadir a quienes vienen con intención de romper "los valores del Islam". Las advertencias no han logrado frenar la peregrinación, simplemente hacer más discretos los encuentros.
La masificación ha traído peticiones más materiales y algunas comodidades: decenas de viviendas han sido divididas en cuartos separados por cortinas, donde las recién formadas parejas pueden alquilar una habitación por el equivalente a un par de euros. Algunas pensiones añaden un servicio de karaoke, irritando a los tradicionalistas y a los vecinos que se quejan de que no pueden dormir.
La prostitución y la llegada de gentes de lugares lejanos, incluidos los primeros extranjeros, han alarmado a las autoridades locales. Se ha detectado un aumento del número de embarazos no deseados y los hospitales cercanos aseguran que cada día ven más casos de enfermedades venéreas. Indonesia tiene uno de los índices de nuevos contagios de sida más altos del mundo, en parte porque sigue siendo una enfermedad tabú y porque sólo el 10% de los portadores del VIH son tratados. Nada que inquiete a los fieles del príncipe Samodra, seguros de que cuentan con su protección.
David Jiménez
monte kemukus samodra


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