Dice el escritor Jon Juaristi que los gobiernos pueden incurrir en errores o equivocaciones que no son delictivos, y en acciones delictivas.
¿Dónde está el límite entre la equivocación y el delito? En la complicidad con el crimen.
El mariscal Hindenburg se convirtió en un delincuente cuando llamó a Hitler para ofrecerle la cancillería del Reich. Más aún, una gran parte de la sociedad alemana eligió el delito al votar por los nacionalsocialistas, cuyos designios criminales eran de sobra conocidos (una vez en el gobierno, Hitler y sus secuaces dejaron muy claro que no iban a permitir que la complicidad de sus electores se limitase al voto e hicieron todo lo posible por transformarlos en asesinos).
Por eso, la advertencia de Maite Pagazaurtundúa al Gobierno (al actual y al que venga) es justa y oportuna. Acceder a las exigencias de la izquierda abertzale, que ni se toma la molestia de disimular su condición de mensajero de ETA, convertiría al gobierno que lo hiciera en cómplice de la banda y, a corto plazo, en una prótesis de la misma.
Las decisiones de Hindenburg y de los electores alemanes que votaron al nazismo no fueron una equivocación. Fueron delitos conscientes. Todos ellos, el mariscal y los electores, eligieron sacrificar a una buena parte de sus compatriotas y a millones de gentes que no lo eran en aras de su megalomanía colectiva.
A partir de ese momento, su historias personales y su historia nacional se fundieron con la del partido nazi.
El gobierno español actual lleva dos legislaturas acumulando errores garrafales en la lucha contra el terrorismo abertzale. A las urnas corresponde castigarlo. Pero, si éste o cualquier otro gobierno traspasara el límite que ha señalado Maite Pagazaurtundúa, nos encontraríamos en una situación a la que no sobreviviría nuestra democracia.
COSTA UROLA
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Saber la intencionalidad (donde cabe la equivocación) de un acto es complicado, ¿lo hará por esto o por aquello?. Lo que es más claro es la linea del delito, delimitada por la ley y los actos.
ResponderSuprimirLa intencionalidad es personal, limitada por nuestra ética, y dificilmente medible; pero el delito es mucho más palpable. El que ciertos jueces o fiscales intenten mezclar cosas tan distintas en casos tan claros ya nos da una imagen clara del estado de nuestra justicia, devenida en porqueriza plagada de meretrices, barros, togas con orines y todo tipo de excrementos.
Lo que es claramente intencionado es el animo de pasarse la ley por donde la espalda pierde su nombre.