En el extraño paraje africano de la foto hay unos 50 grados.Es el desierto donde viven y trabajan los afar, un pueblo nómada dedicado al comercio de la sal que extraen de estas grietas volcánicas. Bienvenidos al lugar más cruel del planeta.
En el norte de Etiopía, dentro del desierto que delimita las fronteras con Eritrea y Yibuti, la depresión de Danakil representa uno de los puntos más estériles y tórridos de la Tierra.
Aquí, las temperaturas suelen rozar los 50 ºC y caen menos de 180 mm de lluvia al año. Hay zonas que llegan a estar a 156 m bajo el nivel del mar y el aire sofocante cargado de polvo arrastra la pestilencia del azufre de más de 30 volcanes activos.
En lugares como el cráter del Dallol, a 48 m bajo el nivel del mar, la actividad volcánica ha pintado el suelo con los colores ocres, amarillos y naranjas del azufre, y el agua termal que se estanca en piscinas naturales adquiere colores que van del azul turquesa al verde esmeralda, dando al paisaje un aspecto ultraterrenal.
Es un lugar de extraordinaria belleza, pero de una belleza mortal. Las chimeneas y discos de travertino, formados por el depósito de minerales vomitados por la actividad volcánica desde el interior de la tierra, pueden quebrarse con facilidad. Y debajo corren aguas en ebullición. Pero, para el pueblo afar, este mundo torturado es un tesoro; un tesoro de sal.
Grandes salinas salpican el desierto de Danakil. La sal, antigua moneda de cambio, se extrae de la depresión y se transporta en asnos y dromedarios hasta el mercado de Barahile, desde donde se reparte por toda Etiopía y parte de Sudán. Y reporta tanto beneficio que los locales la llaman el "oro blanco"; pero el oro blanco es de los afar.
Miles de dromedarios entran y salen cada año de la depresión de Danakil. Las caravanas llevan más de dos milenios internándose en este desierto. Cristianos tigré y musulmanes afar comparten la ruta. Ante el negocio, las diferencias religiosas pasan a un segundo plano.
Las caravanas descienden del macizo etíope y se adentran en la tórrida llanura por la noche para llegar a las salinas y cargar las bestias antes de que el sol haga insoportable el trabajo. Pero para entrar en la salina deben pagar a los afar; casi un euro y medio por cada dromedario y diez céntimos por cada asno. La mitad si eres afar. La diferencia no es cuestión de religión, sino de sangre.
En el interior de las salinas, los focolo, los cortadores de sal, fragmentan el suelo, sacan grandes bloques y los tallan en losas cuadradas de unos ocho kilos que llaman amolé. Por cada amolé, en el mercado de Barahile se obtienen 1,60 euros. A los dromedarios se les pueden cargar 20 bloques, y cada caravana cuenta con 20 dromedarios. Un negocio para estos duros nómadas del desierto. Y un gran negocio para los afar, que cobran las tasas a todos los caravaneros.
Mientras haya sal, los afar cuidarán celosamente de sus minas. Y de momento parece que la sal será ilimitada. Dentro de cien millones de años las tres grandes grietas que separan lentamente la depresión de Danakil terminarán por desgajarse y el mar Rojo inundará las llanuras saladas borrando las ancestrales rutas de las caravanas.
Pero lo que preocupa a los caravaneros no es el devenir geológico de la depresión, sino la carretera que poco a poco se ha ido construyendo y que este año llegará al mismo fondo de la depresión. Si los grandes camiones pueden llegar hasta los salares, las caravanas no tendrán sentido y desaparecerán. Y una tradición milenaria, sus gentes, sus costumbres y su modo de vida se irán con ellas. Pero eso no terminará con el negocio de los afar. Sean asnos, dromedarios o camiones, quienes entren en el Danakil tendrán que pagarles tributo.
Información de Fernando González
COSTA UROLA
etiopia los afar del infierno


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