Mesiánico como Hitler, su rostro refleja mejor que nada la magnitud de su locura y crueldad. Acumuló una fortuna de 120.000 millones de dólares, protegió a terroristas y masacró a miles de inocentes.
Hace unos ocho años coincidí en el casino de un hotel de Cannes con un hombre de poco más de 30 años que vestía camisa y pantalón de seda blancos y lucía un fabuloso reloj de oro y diamantes. Le habían reservado dos mesas de ruleta en las que nadie más podía jugar y constituía un alucinante espectáculo ver cómo las llenaba de fichas del máximo valor, apostando a todos los números, pero especialmente al 23.
Calculé que perdía unos 70.000 euros por bola, pero se mantenía impasible y de tanto en tanto se encaminaba a la caja para regresar con más fichas. Era como un niño que contemplara hipnotizado una hoguera que alimentaba con billetes, sin mostrar la menor emoción o compartir sus sentimientos ni tan siquiera con las hermosas prostitutas que se le insinuaban avariciosamente desde el bar.
Debió de perder con sorprendente indiferencia unos 15 millones de euros, y cuando le pregunté al jefe de sala, al que conocía hacía años, quien era aquel irresponsable, me respondió que un hijo de Gadafi que disponía de lo que nunca había visto antes: "Una carta de crédito absolutamente ilimitada".
Tuve que vencer la tentación de acercarme y decirle que había conocido a su padre por lo que me resultaba inconcebible que los sueños de un hombre que por aquel entonces me pareció fascinante acabaran sobre una mesa de ruleta.
Cuando lo entrevisté, en octubre del 69, Muhamar el Gadafi era un joven carismático, lleno de fuerza y vitalidad que esperaba convertirse en el refugio de los desheredados, el hermano de todos los pobres de la tierra y el hombre que convertiría Libia en un paraíso de paz y libertad. Su varonil aspecto y sus limpios ojos inspiraban confianza, y habiendo pasado gran parte de mi vida en África me sentí feliz al suponer que al fin había nacido en el continente un líder digno de tal nombre.
¡Iluso de mí…! Muy pronto Muhamar el Gadafi pasó a ser la antítesis de Dorian Gray, porque si bien en la novela de Oscar Wilde el protagonista conserva siempre una imagen impoluta mientras en un cuadro su rostro va expresando la magnitud de su maldad, el rostro de Gadafi muestra mejor que un millón de palabras la magnitud de su locura y crueldad, ya que ha permitido que la verdad de su alma ascienda y nos permita ver cómo es en realidad.
Su fortuna se calcula en 120.000 millones de dólares, porque en lugar de ser El hermano de los pobres y refugio de los desheredados se convirtió en el saqueador de los hambrientos y protector de los terroristas.
Nacido en el desierto, hijo y nieto de pastores beduinos, supuesto ejemplo de una raza de hombre austero cuya mayor ambición consiste en vivir en paz con sus vecinos y ver multiplicarse su ganado, la vanidad, el poder, la riqueza y sobre todo la impunidad, le convirtieron en el revés de esa moneda.
La impunidad vuelve valientes a los cobardes, osados a los pusilánimes e imprevisibles a los fanáticos, y un buen ejemplo lo tenemos en Adolf Hitler, que acabó desatando una cruel guerra que le costó la vida a 60 millones de seres humanos, porque quienes debían frenarle no supieron hacerlo.
Tan mesiánico como él, Gadafi creció y se hizo fuerte abonado y regado por el miedo o la avaricia, y aún no hace un año que plantaba su jaima donde le apetecía mientras los líderes del mundo acudían a lamerle la mano confiando en que les arrojaría unas migajas. No importaba que masacrara a miles de inocentes, hiciera estallar un avión con 300 pasajeros sobre la mismísima Inglaterra u ordenara ametrallar al presidente de Egipto, Anuar el Sadar, haciendo luego alarde de su hazaña.
Nada importaba porque las petroleras le protegían, y esas empresas no tienen un rostro humano que nos muestre hasta qué punto están podridas.
Pero un buen día, en Túnez, un humilde vendedor ambulante, decidió quemarse a lo bonzo porque la policía le había confiscado el carrito con que daba de comer a su familia, y ese fuego se extendió haciendo comprender a millones de otros humildes, que podían unirse y derrocar a los tiranos.
Y entonces, ¡sólo entonces!, los gobiernos, las instituciones e incluso las petroleras, alzaron la voz proclamando que había que acabar con Gadafi.
¿Dónde estuvieron hasta ese día y hacia qué oscuro rincón miraban? ¿En qué se entretenían y a qué se debe tan súbito interés por invertir miles de millones en ayudar a la reconstrucción de Libia?
Nada necesita ser reconstruido si antes no ha sido destruido, y en este caso la catástrofe no ha llegado de la mano de un terremoto, sino de la de cuantos día tras día y año tras año, 42 para ser exactos, permitieron que les corrompieran.
Admito que me engañara cuando tan sólo era un jovenzuelo deseoso de creer en alguien, pero al igual que al cabo de los años comprendí que me había mentido y escribí un libro en su contra, las cabezas pensantes que nos gobiernan tenían la obligación de frenarle antes de que las calles de Trípoli se cubrieran de cadáveres.
Ahora ofrecen un millón de dólares por su cabeza, ¡poco cebo es ese para un oso tan grande!, apenas lo que perdía uno de sus hijos en 10 minutos de ruleta, y mi esperanza estriba en que no lo cacen por dinero, sino porque un infeliz se prendió fuego intentando impedir que su familia se muriese de hambre.
Vazquez Figueroa
camellero mesianico


Recuerdo aún las imágenes de ese galán Gaddafi guerrillero de los años '60, el Che de África, aquel que muchos creían el liberador del continentes frente a las potencias coloniales. Muchos vieron en él algo que no sería pero en cuya imagen se mantuvo hasta inicio de los '80. Luego todos miraron a otro lado frente a sus matanzas y atentados porque era el dueño y señor del gas y el petróleo. Media Italia era suya por ejemplo, aún recuerdo hace dos años cuando se plantó en roma junto a Berluscono vestido de militar con la foto de un héroe de la independencia Libia frente a Italia colgada en la solapa...el hijo es el culmen de la perversión, una especie de virrey en Europa para hacer saber a todos quien era el que mandaba, como cuando a su otro hijo le hizo liberar de una cárcel Suiza tras ser acusado de violar y matar a un sirviente suyo, amenazó con retirar su dinero y cortar el grifo a los suizos y estos cedieron...
ResponderSuprimirCAROLVS
ResponderSuprimirLos gobiernos europeos cada vez están más amariconados y permiten la "gloriosa" entrada de estos de hijosdeputa en los países.
Esta gentuza debiera de estar publicamnete ahorcada por un Tribunal penal Internacional.
Han metido dinero a sacos en Italia, comprado equipos de futbol, llenado las arcas de los Bancos, etc. etc. y a cambio disfrutan de impunidad.
Tal como comentas, el gentío del Tercer Mundo nos va a tratar a los europeos como a unos mierdecillas.