A 45 kilómetros de Alejandría, un equipo de arqueólogos excava en las ruinas del templo de Taposiris Magna, donde pudieron enterrarse los cuerpos de la pareja más famosa del Antiguo Egipto.
Derrotada en el amor y en la guerra, Cleopatra (69 a.C.-30 a.C.) confió su vida eterna a los dientes agudos de una cobra egipcia oculta en un cesto de higos. La última reina del Antiguo Egipto hizo mutis por el foro en las postrimerías de un agosto aciago. A principios de aquel mes de estío, Marco Antonio había muerto entre sus brazos atravesado por su propia espada al dar por cierta la noticia falsa del suicidio de su esposa.
Cautiva en su palacio de Alejandría, la hija de Ptolomeo XII prefirió renunciar a la vida antes que aceptar el ocaso de la civilización faraónica y jurar obediencia a Octavio, convertido en el 27 a.C. en el primer emperador romano bajo el nombre de César Augusto.
El calculado adiós de Cleopatra, asistido por sus criadas Iras y Charmion, sobrevivió a todas las vicisitudes de la tierra y el tiempo. El calor último de sus labios venció a los conquistadores romanos, que trataron en vano de descubrir y allanar su lugar de reposo. Enigmático su lecho permanece aún intacto.
"Su muerte fue un acto religioso. El uso de la serpiente no era una acción desesperada sino un ejercicio de profundo simbolismo", relata a Eureka Kathleen Martínez, una abogada y arqueóloga dominicana que busca su tumba en las ruinas de Taposiris Magna.
Sito a unos 45 kilómetros al oeste de la ciudad de Alejandría, el complejo cobija entre sus muros un templo dedicado a Osiris, la deidad de la resurrección, y su cónyuge Isis, la gran diosa madre en la mitología egipcia. Su árido perímetro de cinco kilómetros, horadado a partir de la expedición militar de Napoleón Bonaparte de 1801, apenas había arrojado hallazgos.
Su destino cambió en 2005, cuando Martínez llegó al lugar y convenció al actual ministro de Antigüedades egipcio, Zahi Hawas, de la necesidad de reanudar las excavaciones en busca de la sepultura de Cleopatra VII y Marco Antonio.
"Si mi hipótesis era correcta, el acto religioso debió concluir con su enterramiento en un templo. Ella había dedicado sus últimas horas a visitar la tumba de su esposo y a hacer libaciones. Después regresó a palacio, se dio un baño, se vistió con sus atributos de reina y diosa, dispuso un banquete y se hizo picar por la cobra", sostiene la arqueóloga.
Tras visitar 28 edificaciones en las proximidades de la ciudad mediterránea y analizar su arquitectura e iconografía, Martínez consideró que Taposiris Magna, abandonada tras infructuosas excavaciones, "reunía el simbolismo necesario" para acoger el descanso eterno de la última reina egipcia y el general romano.
"Ninguna tumba de la tierra encerrará una pareja tan famosa", proclamaba Octavio en Antonio y Cleopatra, la pieza teatral que William Shakespeare compuso a partir del relato de Plutarco.
La afirmación de que la vida paralela de ambos personajes yacía en un confín baldío fue acogida con incredulidad por la comunidad arqueológica internacional.
Logrado el plácet de las autoridades egipcias, la arqueóloga exploró durante dos meses la explanada, enclavada entre el mar Mediterráneo y el lago Mareotis, casi extinguido en la actualidad pero próspero aún en el último periodo de la civilización faraónica. En sus orillas crecían en aquel tiempo olivos, trigo y viñedos que aplacaban la sed y el hambre de una urbe habitada por medio millón de almas. La única geografía conocida del recinto, fundado en la década del 270 a.C. por Ptolomeo II Filadelfo (308-246 a. C.), eran su muralla y una pequeña torre construida en piedra durante la época grecorromana a imagen del grandioso faro de Alejandría.
"Justo dos o tres días antes de que finalizara el permiso de excavación, descubrimos las primeras cámaras funerarias subterráneas", cuenta Martínez. El hallazgo fascinó a Hawas, que desde entonces codirige la misión. "Debemos seguir buscando a Cleopatra y Marco Antonio", insistía el egiptólogo.
Cinco temporadas después, el equipo, formado por 70 obreros y 17 arqueólogos, ha descubierto extramuros del recinto una necrópolis con más de 2.000 cuerpos orientados en una misma dirección. "Se trata del mayor cementerio hallado en Egipto. La localización de las sepulturas sería un hito, porque jamás se ha encontrado ninguna de un rey del periodo griego.
En el interior del recinto amurallado, se han recuperado los restos de un lago sagrado, habitaciones usadas para la momificación y varias capillas consagradas a la adoración de Osiris e Isis, una de las claves expuestas por Hawas para respaldar la teoría de la arqueóloga latinoamericana.
Además, la excavación ha dejado al descubierto una compleja red de túneles y pasadizos perforados a 25 metros de profundidad que, según Martínez, "confirma la idea de que la zona más importante del templo está bajo tierra". En cinco años de excavación, el proyecto ha localizado también ocho cámaras subterráneas y recuperado cuatro cadáveres, entre ellos el de una fémina.
En una lenta batalla contra el terreno, el equipo ha rescatado la entrada original, ubicada en la zona norte del santuario y escoltada por pedestales para esfinges con distintas formas geométricas. En el inventario de piezas recuperadas, figuran la placa de cerámica con la fundación del templo en jeroglífico y griego, un busto de alabastro de Cleopatra, una estatua de bronce de Afrodita (la diosa griega del amor), joyas y una talla en granito de 1,8 metros de Ptolomeo IV. Unas 400 monedas con la efigie de Alejandro Magno, monarcas del período ptolemaico y la pareja de la reina y el general completan el tesoro provisional de Taposiris Magna.
"Descubrir su tumba y la del triunviro Marco Antonio nos permitiría reconstruir su apariencia y reescribir su biografía a partir de sus vestidos y uniformes, pertenencias o manuscritos. Presiento que no estamos lejos".
COSTA UROLA
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