Una década después de robar 17 obras de arte de Esther Koplowitz, "Cásper" vuelve a caer. Su organización habría matado, torturado, secuestrado... Y se apoderó de miles de kilos de droga de narcos hispano-colombianos. Su fortuna se estima por encima de 50 millones
"Abra, policía!". Es el grito con el que entran los agentes en el portentoso ático de Cásper, el líder de la organización criminal más sofisticada de los últimos 20 años, quien le robó 17 cuadros a la chica Forbes, Esther Koplowitz, el hombre al que la Policía no podía cazar.
La operación la dirige Rubén Jiménez, jefe del grupo 1 de Crimen Organizado. Se acerca a él. Sus subordinados retienen al mafioso en su lujoso ático de Mahadahonda (Madrid). Sin camisa, la espalda en forma de T impone. Jiménez, tras dos años persiguiéndolo, escuchando sus conversaciones, siguiéndolo en coches camuflados, le lee sus derechos.
Ángel Suárez Flores, alias Cásper, nacido hace 50 años en Buniel (Burgos), conocido en el hampa también como El Padrino de Madrid, observa al jovenzuelo que le va recitando el cuadernillo oficial de memoria. Lo mira desorientado, disimulando su frustración. Jiménez, el treintañero, el precoz, piensa casi en voz alta:
"Atrapamos al mejor". Cásper no sabe quién es Jiménez. Jiménez conoce al Padrino mejor que a sí mismo.
Doscientos agentes, al mismo tiempo, desmantelan su imperio en toda España: 40 viviendas y locales (repartidos entre la Comunidad de Madrid, la Valenciana, Andalucía, Castilla-La Mancha y Cataluña), dos toneladas de droga, 50 millones de euros, 170 coches, hasta 200 mercenarios bajo su mando (sólo detuvieron a una veintena), sus aparatos de escucha, equipos inhibidores de móviles, emblemas policiales, trajes ignífugos...
Cásper ve cómo la Policía va empaquetando sus relojes de 12.000 euros, llevándose sus BMWs, sus camisas multicolores, sus zapatos en punta, sus chaquetas Belstaff.
Un agente comenta, vencido por la ostentación y el derroche: "Es un hortera".
Jiménez supervisa la operación. Su humildad le permite disimular su orgullo, mas no el respeto.
-Describa a Cásper.
-El mejor. El más técnico. El más cualificado. En España no hay criminal como él.
Distintos informantes de la policía dieron una gran noticia: "Cásper se está reorganizando" (Junio de 2009). Lo venían persiguiendo sin éxito desde hace años. Le encargaron al inspector Jiménez el caso. Comenzó a profundizar en la vida del criminal. El historial delictivo era tan extenso como apabullante.
Su vida cambió cuando la familia Suárez decidió cambiar el pueblo burgalés de Buniel, donde nació el 9 de marzo de 1959, por Bélgica. La policía española lo fichó por primera vez en 1986, con 27 años, por tráfico de drogas. En 1991, la justicia belga lo condenó a pasar en prisión una década, pero no consiguieron encerrarle. Ya asentado en España, fue detenido por contrabando y narcotráfico.
Pero nada. Sus abogados le libraban una y otra vez de su destino. Se casó tres veces, la última a finales de los 90, con la belleza rumana Stela Liliana Lazurca. Ya para entonces, hasta su boda fue grabada en secreto por la policía.
En 1998, organizó el robo del siglo: casi cinco millones de euros del Banco Popular de Yecla, Murcia. Su equipo abrió 90 cajas de seguridad.
"Pocos en Europa serían capaces de una operación similar", declara Andrés Diéguez, jefe de la Brigada Central de Crimen Organizado de la Policía. Entonces le llamaron Cásper, porque desaparecía como el fantasma del cómic por su piel nívea, por su calva. También El Loco, por ser bipolar, imprevisible.
Por los expedientes se sabe que por sustraer 17 obras de arte (tres Goya, un Sorolla, un Brueghel...), de incalculable valor, sólo pasó en prisión cinco meses. Desde 2003 estaba en libertad. Buscando nuevos mercados. Casi a la par, Jiménez, su futuro cazador, ingresaba en la Escuela de Inspectores de Ávila.
Un balazo atravesó la mano de Juan Miguel Ortega Sánchez (julio de 2009). Se incrustó en su pecho. Falleció en el número 3 de la calle de Fate, en Jerez. Lo matarían sus ex socios, los mismos que participaron en el robo de Yecla. Ortega era el mejor butronero de España. Antaño amigo de Cásper, moría (según indicios obtenidos por la Unidad de Droga y Crimen Organizado de la Policía Nacional y la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil) por orden de El Padrino.
Lo habían perseguido por meses. Lo habrían castigado por realizar "trabajitos por su cuenta". Creyéndose liberado del yugo de Cásper, Juan Miguel, 47 años, pensó que podía montar un grupo paralelo. No se lo perdonarían.
Con su caso se demuestra cómo funciona la mente de El Loco. Cuando, en 1997, atraparon a Ortega le contrató el mejor abogado posible. El encargado de su caso fue Emilio Rodríguez Menéndez. Ni su participación evitó la condena de 11 años de prisión por robos que superaban los dos millones de euros. Durante la vista oral mostró la prepotencia y autosuficiencia de la banda.
"Señoría, creo que tengo derecho a robar un banco y autoridad para ello", presumía Ortega. Cásper, vestido de traje ceñido, lo observaba entre el público.
Dos años más tarde, socios del mafioso dispararon ocho veces contra el letrado. "Me muero, me muero", gritó Rodríguez Menéndez, entonces una celebrity.
Una década después ordenaría la muerte de su socio Juan Miguel. Éste se uniría a la lista de cadáveres de su gente, como Iván Llorente Liébana y Francisco Javier Manzanares Rodríguez, El Manzas.
Todos habían sido sus amigos, sus pistoleros, sus ejecutores. Pero la amistad infinita no existe en la organización de Cásper.
La muerte de Ortega Sánchez dio las suficientes pistas para que Jiménez, ya jefe del Grupo 1 de Crimen Organizado, pudiera pedir la autorización al juez de la Audiencia Nacional Eloy Velasco. Así, dio luz verde a las innumerables escuchas telefónicas, claves para el caso.
La persecución del grupo policial se hizo como en la serie norteamericana The Wire. Teléfonos pinchados, fotografías, equipos siguiendo permanentemente a los distintos miembros de la organización. Y, como los gansters de la ficción, él apenas tenía rutina.
Jiménez y su equipo eran testigos impotentes de cómo podía viajar 600 km. para una reunión de 20 minutos. De sus conversaciones en clave, o en coches de los cuales nunca bajaban. De sus largas citas en guaridas nocturnas nada sacras. También la frustración de que, cuando conseguían pinchar un teléfono, éste quedaba inútil a las pocas horas (descubrirían a posteriori que cambiaban de móviles cada 24 horas).
"O me hago multimillonario o me voy a la cárcel", contaba Cásper a sus aliados.
Presumía. Como rey de la nocturnidad de Madrid, se enteraba pronto de los movimientos del hampa. Su red alcanzó en su punto álgido las 200 personas. Como el personaje de Omar Little, descubrió que el dinero realmente estaba en robarle a los narcos. Pero él, a lo grande. "Dinero fácil, sin nadie que reclame", afirma Diéguez, el mandamás de la lucha policial contra el crimen organizado.
En diciembre de 2009, la organización comenzó a operar en Cádiz y Málaga. Descubrió que un grupo de narcos había enviado un contenedor con cocaína que vendría de Costa Rica. Secuestraron a un empleado del puerto de Algeciras para que les diera toda la información sobre el desembarco. Hoy testigo protegido contra Cásper y su banda, fue torturado. Le cortaron un dedo del pie con un hacha.
Pocos errores cometió. Quizás el del 28 de agosto de 2010 . Le detuvo la Guardia Civil de Córdoba por extorsión. No era momento de llevarle ante un juez. Ya dos unidades de élite de la Policía y de la Guardia Civil lo perseguían. Salió de comisaría con chulería.
El gran golpe lo dio en el puente del Pilar, octubre de 2010. Sus hombres, vestidos con uniformes idénticos a los de las Fuerzas de Seguridad, incluso con chapas indetectables a simple vista, detuvieron un camión con dos toneladas de droga. Sin un disparo, robaron la mercancía. Un golpe de audacia. La mayoría de las armas eran simuladas. Falsas para evitar que, si los detenían agentes auténticos, los pudieran llevar a prisión. Llevar armas de juguete no es delito. Un patético atraco de 50 millones de euros.
Tener tanto cash lo delató. Demasiados lujos. Sólo en el aparcamiento de su ático de Mahadahonda tenía un Audi Q7, un BMW serie 6 y un descapotable de la misma marca. Crearía múltiples sociedades fantasma. Pero todo iba siendo monitorizado por el equipo del inspector Jiménez, cuyos conocimientos de economía, adquiridos en la Universidad de Alcalá de Henares, le ayudarían en la investigación. Entre enero y marzo de 2011, Cásper comenzó a viajar para finiquitar inversiones que blanquearan su dinero. Se hizo socio en la construcción del puerto de Kribi, un pequeño paraíso en Camerún. Hasta se atrevió a invertir en fármacos contra el cáncer en farmacéuticas latinoamericanas.
"¡Abra, Policía!". Doscientos agentes van rompiendo 40 puertas a la vez en distintos puntos de España... El inspector Jiménez le lee los derechos a Cásper. Tesis y antítesis enfrentados. El policía se da un paseo por el ático de inmensas terrazas. Mientras un compañero policía retiene al criminal con aspecto de fisioculturista, el inspector Jiménez comienza a separar fajos y fajos de dinero. Cuenta billetes de 200 euros, uno a uno, sobre un maletín de Louis Vuitton.
Martín Mucha (Periodista de El Mundo).
padrino madrid


Vaya pollo.Esto es para temblar,y lo tenemos aquí mismo....vayaaaa telaaaaaaa!!
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