martes 15 de febrero de 2011

Tuviah Friedman, caza-nazis

Tuviah Friedman nació el 23 de febrero de 1922 en Radom (Polonia) y falleció el 13 de enero de 2011 en Haifa (Israel).

Fue la pesadilla de los nazis que consiguieron huir tras la derrota alemana en la II Guerra Mundial. Junto a su colega Simon Wiesenthal se dedicó a seguir el mínimo rastro que éstos iban dejando hasta verlos sentados en el banquillo de los acusados; 250 criminales nazis no lograron escabullirse en la clandestinidad, gracias a la capacidad rastreadora del infatigable Tuviah Friedman.

Los métodos, sin embargo, de este judío polaco no fueron en ocasiones los más ortodoxos y le valieron el apodo de El despiadado, pero ni siquiera estas críticas ni el apoyo cada vez más débil de los Gobiernos, más interesados en afrontar las tensiones de la Guerra Fría que en cerrar las viejas heridas del Holocausto, consiguieron desviarle del objetivo que se había marcado tras perder a toda su familia, salvo a su hermana Bella, en la maquinaria de muerte organizada por los nazis.

La venganza siempre motivó todos y cada uno de los pasos de este cazanazis que huía, a diferencia del famoso Wiesenthal -fallecido en 2005-, de los focos y de la popularidad. De él decían que olfateaba nazis como un perro olfatea hachís.

Sin duda, su estancia en varios campos de concentración le sirvió para conocer en primera persona la pesadilla nacionalsocialista. Tras ser liberado por los rusos, comenzó a trabajar con las autoridades polacas y soviéticas recogiendo testimonios y documentos de las atrocidades cometidas por los nazis.

"Una vez llegamos a una de las instalaciones abandonadas por los alemanes a las afueras de Danzig y nos encontramos con que una de las habitaciones estaba llena de cadáveres, en otra había una tabla en la que se habían extendido pieles humanas (...) y en un edificio cercano, hallamos, después de romper un pesado candado, un horno en el que los alemanes habían hecho experimentos para fabricar jabón usando grasa humana como materia prima", recordaba Friedman en el libro de memorias que escribió con el título de El cazador y que se publicó en el año 1961.

Después de un tiempo colaborando en la búsqueda de nazis en Polonia se trasladó a Israel en 1952. Allí fundó el Centro de Documentación de Haifa con la misión de recoger cualquier documento que sirviera de prueba para localizar a criminales nazis o que pudiera ser usado ante los tribunales.

Sin embargo, pese a los éxitos obtenidos, Friedman tenía aún una espina clavada: Adolf Eichmann. La búsqueda del conocido como arquitecto del Holocausto se había convertido para él en una obsesión que apenas le dejaba tiempo para vivir. El nazi consiguió huir de la Justicia tras la II Guerra Mundial, ocultándose en Argentina bajo otra identidad, y hasta el momento nadie había logrado dar con su paradero.

Convencido de que seguía vivo, Friedman era consciente de que el interés de los gobiernos por encontrar a Eichmann era cada vez menor, pero no dudó en proseguir la búsqueda por su cuenta con la ayuda económica que le proporcionaba su mujer, una reconocida oftalmóloga.

En 1959 llegó incluso a publicar anuncios en la prensa en las que ofrecía una generosa recompensa a quien ofreciera algún dato sobre el escurridizo nazi. Su constancia dio finalmente frutos y Friedman recibió un carta procedente de Argentina. El remitente era un judío superviviente del campo de concentración de Dachau, que aseguraba que Eichmann se escondía cerca de Buenos Aires bajo una identidad ficticia.

Sin perder un minuto, Friedman se apresuró a informar a las autoridades israelíes sin saber que éstas ya estaban al tanto de esta información. En mayo de 1960, Eichmann era secuestrado por un comando del Mossad en Argentina y trasladado a Israel, donde fue juzgado y condenado a la horca dos años más tarde.

Durante el juicio, muchos de los documentos compilados durante años por Friedman sirvieron como prueba para su condena, aunque algunos, como Wiesenthal, quisieron minimizar su aportación en la detención del responsable directo de la solución final para llevarse ellos toda la gloria.

Ya sea por las pruebas que proporcionó Friedman o por los datos aportados por Wiesenthal o por los que disponía el propio Gobierno israelí, lo único seguro es que Eichmann fue juzgado y condenado por crímenes contra la humanidad. Y en eso la constancia y la determinación de Friedman para que nadie se olvidara del nazi que llevó a la muerte a seis millones de judíos fue fundamental.

Costa Urola


2 comentarios:

  1. Existen partes de la historia que nunca deben ser olvidadas ni minimizadas. Una guerra es una guerra, pero el crímen y la tortura, y esa frialdad de utilizar los restos para jabón. No me puedo creer que no consideraban como humanas esas vidas, no me extraña que Friedman fuese tan implacable.

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  2. DOÑA CANDELA
    Una gente que, cumpliendo órdenes de un régimen, convierte a seres humanos en jabón y con su piel se hacen bolsos para señoras, no es posible que sea debido a la ideologia del momento.

    Esos individuos, que siempre van grupo, lo tienen en los genes : la frialdad más absoluta para cometer las mayores barbaridades de la Historia de la Humanidad. Y los pillados no deben jamás de ser dejados a su albur. Merecen una persecución de siglos.

    No soy anti-germano pero he vivido con ellos y los conozco un poco y le dan el mismo valor a un gato callejero que a una persona. Y siempre nos miran con desprecio a los latinos.

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