Francisco de Rivera y Silva, amarrado estaba al duro banco de la galera Patrona ese 12 de septiembre de 1661. Un banco y remo que se habían convertido en su único hogar. Prendido de una gruesa cadena, allí comía, dormía y hacía sus necesidades, al aire libre, el desdichado galeote.
A Francisco Rivera, de frente amplia, cumplidos los 40, se le notaban ya las profundas entradas cuando llegó forzado a galeras. Fueron dos mujeres, dos amores a la vez, prohibidos por bigamia, los que no perdonó el Tribunal de la Santa Inquisición de Sevilla en 1659, y que le condenaron a cinco años de destierro, cinco de ellos a la durísima experiencia de la boga al remo en gurapas, las galeras de su majestad.
Podrían haberle marcado la frente con un hierro incandescente, además de ser azotado en público con 100 latigazos, como solía dictaminar el Santo Oficio, pero la guerra contra el corso berberisco había conminado a Carlos I, en 1530, a que los jueces sustituyeran la mayor parte de las penas corporales por la fuerza del remo en el Mediterráneo.
Era el peor destino posible: los 130 kilos del remo de 13 metros que movían a la vez entre cuatro o cinco hombres, al ritmo del tambor, se cobraban miles de almas por las durísimas condiciones de vida.
Pero ese 12 de septiembre, habría de acordarse aún más de las dos mujeres, del Santo Oficio y de su compadre Pedro de la Peña, forzado como él, cuya fuga de la galera Patrona tres semanas antes, el 23 de agosto, le iba a costar otros dos años más de sufrimiento al remo. Así lo decidió la autoridad de la Escuadra, que estimó que al hallarse en el mismo banco que el galeote fugado, había ayudado a la misma.
Con menos de la mitad de la pena cumplida, se le sumaban dos años más, y con los cinco que ya arrastraba, hacían un total de siete, una buena marca para poder aguantar la probable muerte por el combate con el corsario berberisco, el agotamiento, las enfermedades, o ambos. Y no era lo máximo que podía llegar a cumplir. Le podían restar tres más, si se metía en más problemas, hasta sumar los 10 que estableció el Concilio de Trento en 1545 para los forzados, o aún peor, de por vida, si fuera esclavo del rey.
En su pueblo de Huelva, Alcalá de Chuzena, algún conocido le habría denunciado por bigamia. Fuera culpable o no, le aplicaron casi con toda seguridad tormento para confesar, tortura habitual que practicaba tanto la justicia ordinaria como el Santo Oficio, como método casi exclusivo de arrancar la confesión para sentenciar al culpable.
Tal vez, como era costumbre, el potro de cordeles: unas cuerdas enroscadas a brazos y piernas que penetraban en la carne del reo tras la vuelta de torno, cada vez que aquel se negara a confesar su delito. Con todo, torturado y condenado al banco por dos veces, de las galeras se podía salir vivo.
Mientras, la Corona conseguía de esta forma, durante la segunda mitad del siglo XVI, el XVII y el XVIII, que forzados y esclavos nutrieran la Escuadra de Galeras para mantener sus costas seguras y dominar el Mediterráneo frente al enemigo musulmán.
La pena de galeras, que había cumplido su función primordialmente política, se perpetuó, sin embargo, hasta el siglo XIX. Con apenas cuatro navíos obsoletos, Carlos IV restituyó en 1785 la escuadra y penas abolidas 37 años antes. Los últimos desdichados galeotes no soltarían el remo hasta 1813.
De historias como la de Francisco Rivera y Silva están repletas las miles de páginas de los 25 Libros de Galeras del periodo 1624-1748 que están restaurando el Instituto del Patrimonio Cultural Español.
Forzados que llegaron a ser desde los 25.000 aproximadamente al año, a mediados del siglo XVI, hasta los 1.000 que embarcaron en las cuatro últimas galeras en 1813, ya fueran ladrones, asesinos, delincuentes sexuales o vagabundos de mal vivir.
Si Francisco de Rivera había evitado el hierro incandescente y los latigazos a cambio del remo, Domingo Martín, de la Puebla de Guzmán, mozo de buena constitución, nariz roma y cara larga como le describían en la época, condenado por hurtos y quebrantamientos de la propiedad también en 1659, conservaría una de las manos, el pie, o las orejas, penas que aplicaban a los ladrones antes de que Carlos I y Felipe II insistieran en la importancia de los galeotes.
No en vano fueron los ladrones los delincuentes que más abundaron durante los siglos XVI y XVII, en la Escuadra de Galeras, un 40% del total según los estudios del historiador José Luis de las Heras Santos. Pero lo cierto es que después de sometidos al suplicio de la boga, muchos intentaron por su cuenta mutilarse para que les dieran por inútiles, cortándose la mano que habían salvado, ya fuera cuando salían a la mar, que sólo ocurría entre los meses de marzo a octubre, o amarrados a puerto donde la galera quedaba todo el invierno como una prisión-pontón.
La propia construcción de la galera, con su bajo calado y su cubierta al raso, hacía imposible su servicio en invierno, so pena de que murieran todos los galeotes por frío al primer golpe de mar que les calara los huesos. La obsesión de todo preso, escapar, se hacía más vívida si cabe dentro del navío.
Aunque a partir del siglo XVI y tras la batalla de Lepanto, donde alcanzó su cénit como arma de guerra (había perdido importancia naval), la galera seguiría prestando durante los siglos XVII y XVIII servicios al resto de la flota, sobre todo en la defensa de ciudades costeras, en desembarcos, transporte de tropas y mercancías: eran maniobrables, se desplazaban sin viento y podían acercarse mucho a la costa, tal y como explica Pedro Fondevila Silva, capitán de navío e historiador.
La boga era durísima, al ritmo que marcaban los tambores, los latigazos y golpes de los sotacómitres: dos horas seguidas en las que los 255 remeros podían llegar a desplazar el navío a seis o siete nudos -unos 10 km/h- aunque en circunstancias normales se usaban la vela mayor y de trinquete. La comida, aunque suficiente para mantener el esfuerzo de los remeros, era escasa. La higiene, nula (los forzados no abandonaban prácticamente nunca el banco) y la posibilidad de enfermar o lesionarse, enormes.
Dejar atrás el infierno de la boga no era tarea fácil, pero los forzados españoles tenían más opciones: podían aguantar y salir vivos una vez cumplida su condena que no podía exceder de 10 años, con excepciones, mientras que los esclavos musulmanes apresados por una galera enemiga o cualquier corsario dispuesto a venderlo a la Corona, lo estaban de por vida.
Francisco de Rivera libre tras siete penosos años, ¿Encontraría a su vuelta a alguna de las dos mujeres?
De toda la chusma, los esclavos (que en tiempos de los Austrias representaban el 30 % de todos los galeotes) fueron los más perjudicados, ya que podían sufrir el increíble tormento de por vida. Una cédula de Felipe IV del 11 de mayo de 1642 fechada en Aranjuez que se puede leer en la exposición Los Libros Generales de Galeras (Museo Naval, Calle Prado, 5) da buena cuenta de ello, al disponer la libertad de un esclavo de más de 70 años y con más de 24 de servicio al remo en la galera Patrona, dejando a otro en su lugar.
De hecho, los esclavos, propiedad del rey, estaban tasados. Majaluf, un argelino de 14 años, se tasó en 1.000 reales, tras fugarse el 18 de abril de 1632 de la galera capitana, precio que tendría que pagar el alguacil que por su incompetencia le dejara escapar.
El mercadeo humano existía de tal forma que algunos esclavos que conseguían dinero ya fuera con el juego, o por el medio que fuera, podían comprar a un semejante que cumpliera su pena por él. La práctica se extendía a los nobles, que de ser condenados a galeras, compraban galeotes-esclavos para evitar el duro trance, mientras que los forzados a su vez intentaron con el metal ganar voluntades en la Justicia para salir de gurapas.
Es difícil saber cuántos murieron en el remo, pero en los Libros de Forzados y Esclavos muchos nombres quedan sin notas al pie acerca de su liberación: probablemente se los tragaría el mar, los destrozarían las balas y cuchillos berberiscos, o les vencerían las enfermedades y el agotamiento.
COSTA UROLA
los galeotes



Ya sabemos de dónde sacaron los comunistas la inspiración para el gulag: represión y castigo por los más nimios delitos para obtener mano de obra gratuita para los puestos más duros y las obras más costosas.
ResponderSuprimirPor otra parte, se me ocurren numerosos nombres que muy justificadamente debieran ocupar el banco y bogar a buen ritmo durante largos años, así que reconsideraré la crueldad de tal pena.
Sólo de pensar en RuGal y Ternera juntos en el mismo banco me dan ganas de empezar a construir una galera esta misma noche.
ASPIRANTE
ResponderSuprimirMuy bueno : Rubal y Ternera atados al banco de galeotes.
Lo cierto es que la crueldad disimulada bajo apariencias de justo castigo a delitos, ha sido constante en la Historia.
Como bien dices, aquí durante varios siglos usaban a los reos como herramientas de guerra, con el mismo o menor valor que el de los remos.