lunes 21 de febrero de 2011

El efebo de Leonardo

Leonardo da Vinci solo conservó dos cosas en toda su vida: un cofre cerrado (que se abrió únicamente tras su muerte) y la Mona Lisa.

Este retrato, de dimensiones relativamente pequeñas y pintado en madera de álamo, es hoy la joya del museo del Louvre y, posiblemente, la obra de arte más famosa del mundo. Pero antes estuvo expuesto en dependencias no muy nobles del rey Francisco I de Francia, y no se supo que había un paisaje tras la figura principal hasta que fue eliminada la capa de pintura negra que lo cubrió durante siglos.

La historia oficial (esa que rara vez es del todo cierta) afirma que es el retrato de la no muy agraciada Lisa Gherardini, esposa de Francesco Bartolomeo del Giocondo. Un encargo efectuado por una pudiente familia toscana que nunca llegó a entregarse.

La pregunta es obvia: ¿por qué esa obsesión de Leonardo en conservar el cuadro?

Muchos investigadores han especulado con diversas posibilidades. La más popular es que se trata de un autorretrato del propio Leonardo travestido de mujer. A pesar de su vida casta y su notorio desprecio a los placeres lascivos, el Divino pudo tener inclinaciones homosexuales, al igual que su enemigo Miguel Ángel o su amigo Botticelli.

Otros creen que la Gioconda esconde entre sus trazos una especie de acertijo o jeroglífico. El paisaje que se muestra en segundo plano contiene decenas de relaciones simbólicas y geométricas, así como elementos aislados que se identifican con lugares geográficos reales.

Sin embargo, podría haber una explicación diferente. Leonardo acogió en 1490 en su bottega a un niño llamado Gian Giacomo Caprotti. Entonces tenía 10 años y, al poco, Leonardo lo definió como "ladrón, mentiroso, terco y glotón".

Al parecer, carecía de talento artístico y no le daba más que disgustos, pero el genio lo mantuvo a su lado durante más de 20 años y fue su discípulo favorito, a la vez que su modelo pictórico predilecto. Puso su cara en su cuadro de San Juan Bautista y en el dibujo Ángel encarnado.

Leonardo le puso el apodo de Il Salaino, o Salai, que viene a significar algo así como El Diablillo. Tenía el pelo castaño claro y rizado, rasgos hermosos y andróginos y poseía un carácter arisco.

Se ha especulado, desde el terreno de la psiquiatría histórica, con que esa mezcla, de por sí ambigua, entre un aspecto algo aniñado y un carácter hosco atrajese sexualmente a Da Vinci.

Lo cierto es que Leonardo siempre pintaba rostros ambiguos, que entremezcla lo femenino y lo masculino, y empleó a menudo modelos femeninas (al gusto de su época, ciertamente) para sus personajes masculinos jóvenes, como en "La última cena" de Santa Maria delle Gracie, donde el apóstol Juan tiene cara de mujer porque, de hecho, una mujer fue la modelo.

Algo, por otro lado, no muy extraño en un tiempo en que el mismo César Borgia violaba a un joven obispo y se había extendido en Italia lo que se denominaba pecado nefando, la sodomía con efebos.

Sin embargo, hay algo que no es una especulación. A su muerte en Francia, Leonardo nombró heredero universal de todos sus escritos y pertenencias a Francesco Melzi, otro de sus discípulos, en lugar de Salai, que también estuvo a su lado durante sus últimos años.
¿Por qué?
La pregunta está en el aire. Una pregunta que puede hacerse extensiva a la Mona Lisa: ¿Qué oculta verdaderamente el retrato más famoso del mundo, en el que en diciembre pasado análisis digitales hallaron una S, una L y el número 72 en sus ojos?

¿Es la S un guiño a su amado Salai, como sostiene el historiador italiano Silvano Vincenti?

COSTA UROLA




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