El comandante Doria del Ejército peruano miró a Antonio Abreu de arriba a abajo. ¿Qué hacía en plena selva aquel setentón de cabellos blancos?
"Admiro a los españoles", confesó el militar. "Venir a buscar al descendiente de un español que estuvo aquí hace 100 años… ¡Eso solo puede hacerlo otro español!".
El encuentro tenía lugar en 2006 en el poblado de Teniente Pinglo, una erupción de casas de colores en la espesura. Desde allí controla la milicia un pedazo de la Amazonia peruana equivalente a media España.
Abreu, en efecto, seguía las huellas de un paisano. En los años 20, un emigrante de Ourense, Alfonso Graña, se internó en esta tupida selva buscando fortuna. Fue el primer blanco que sobrevivió entre los feroces jíbaros.
Historia y leyenda se mezclan en el currículo de un campesino analfabeto de Amiudal (Ourense) que emigra primero a Manaus (Brasil) y luego a Iquitos (Perú) para trabajar recolectando caucho.
En 1922 pregunta: "¿Qué hay al Oeste?". "Nada", le dicen. Y se pierde en la Amazonia, dominio de los jíbaros huambisa y aguaruna. Los indígenas le reciben dispuestos a matarlo, pero a la hija de un cacique le gusta y lo toma como esposo. Graña logrará tal ascendencia sobre ellos que se convertirá en un apu. Un jefe.
Le gustaba –quizá herencia del padre, sastre– vestir elegantemente, y se tocaba con unas gafas redondas que le daban un aire intelectual. Esa imagen, al parecer, le libró de morir a manos de los feroces jíbaros, y su audacia e inteligencia le servirían para suceder a su suegro a la muerte de éste.
En la década siguiente se documentan visitas suyas a Iquitos al menos dos veces al año. Bajaba en balsa por el río acompañado de sus indios, cargado de productos de la selva para comerciar; incluidas las cabezas reducidas y disecadas por los jíbaros. No olvidaba visitar a su hermana Florinda, a quien se había llevado con él de Galicia a Iquitos.
Graña presumía de ser el "patrón" de 5.000 indios. En la prensa española de los años 30, cronistas entusiastas le otorgan el título de "rey de los jíbaros".
En 2005, el ovetense Maximino Fernández Sendín edita el libro Alfonso I de la Amazonia, rey de los jíbaros, la aproximación más completa que se ha hecho al mítico aventurero. Al año siguiente, el empresario jubilado Antonio Abreu, "apasionado de todo lo indígena desde hace 40 años", deja su pazo de Ponteareas (Pontevedra) y se interna en el infierno verde. Estaba tan fascinado por la historia que iba a buscar a los descendientes de aquel rey.
En la aldeucha jíbara de Galilea, Antonio es recibido por un indígena llamado Alfonso Graña. Pero el indio, tímidamente, niega ser hijo del rey. Niega incluso recordarlo. Nació en 1933, un año antes de que el mítico Alfonso Graña falleciera en la selva de un cáncer de estómago. A Abreu, el Graña actual le pareció "un hombre misterioso, un líder".
Regresó resignado a la civilización: aparentemente había fracasado en su intento de encontrar al hijo de Graña. Pero quedó prendado de los jíbaros, que oscilan entre la desconfianza y la hostilidad, y a los que "debes mirar a los ojos para ganarte su confianza", afirma.
¿Haría eso el rey Graña? En las fotos recopiladas por Maximino Fernández se muestra a un hombre escuálido, que ni siquiera en la selva abandonaba la vestimenta europea. Según las crónicas de la época, enseñó a los indios técnicas para desecar pescado y extraer sal. En la ciudad los llevaba al cine y les compraba helados. Su hermana y sus dos sobrinas, la rama blanca de la familia (que continúa en Iquitos), miraban con recelo a aquellos visitantes semidesnudos.
Los jíbaros, unos 80.000, viven hoy tan abandonados de la mano del Estado como en tiempos del rey Graña. Las compañías petroleras y gasistas esquilman sus selvas, pero no hacen nada para mejorar sus condiciones de vida.
Abreu regresaría a la Amazonia en 2008 y 2010. Su relación con Graña se estrechó. El indio dejó de negar su parentesco con el rey. "Dijo que mintió porque no le gustan los españoles", apunta el explorador. Él no alberga dudas de que su amigo Graña es hijo del aventurero de Amiudal.
Sea como sea, el apellido gallego se ha extendido entre los jíbaros. En su último viaje, Antonio Abreu, el jubilado de Ponteareas, pudo conocer a 48 nietos del posible príncipe.
Como el Kurtz de Conrad en El corazón de las tinieblas, también vivía río arriba, en compañía de los salvajes. He ahí, no obstante, la única coincidencia con el personaje literario. Graña fue un Kurtz bueno que falleció de muerte natural en algún remoto lugar de la jungla. Una desaparición recogida por grandes periódicos de la época y evocada, como antes lo había sido su vida, por escritores y científicos de una II República española que también pronto moriría.
Ante esta verídica historia uno se pregunta ¿Hay algún lugar del planeta a donde no haya llegado nunca un gallego?
Costa Urola
NOTA: El proceso de REDUCIR CABEZAS es el siguiente:
Lo primero es, obviamente, cortar la cabeza al enemigo.Con un cuchillo se hace un corte desde la nuca al cuello, se tira de la piel y se desprende del cráneo. Se desecha el cerebro, ojos y demás partes blandas, además de todos los huesos.
Se mete en agua hirviendo a la que se añade jugo de liana y otras hojas, lo que evita que se caiga el pelo. Se mantiene durante unos quince minutos aproximadamente; más tiempo la ablanda demasiado y es difícil impedir que no se pudra.
Se saca del agua (con un tamaño aproximado de la mitad del original) y se pone a secar.
Se raspa la piel por dentro para quitar restos de carne y evitar el mal olor y la putrefacción y se frota por dentro y por fuera con aceite de carapa.
Después se cose el corte de la nuca, los ojos y la boca, de manera que queda como una bolsa, en la que se echa una piedra del tamaño de un puño o el volumen equivalente en arena caliente.
Se cuelga sobre el fuego para desecarla poco a poco con el humo a la vez que se le va dando forma al cuero con una piedra caliente. En este proceso la cabeza acaba de reducirse.
Una vez seca la cabeza se vacia la arena y se tiñe la piel de negro.
Luego se introduce un cordón de algodón por un agujero practicado en la parte superior de la misma y se asegura en la abertura del cuello con un nudo o un palito atravesado.
graña el orensano rey de los j



Los gallegos, como los españoles en general, han llegado a todos los rincones del mundo...y es raro que, por muy extraño que sea tu viaje, cuando llegues a tu destino no te encuentres con un español que por una u otra razón está allí.
ResponderSuprimirUn saludo.
CAROLVS
ResponderSuprimirLo que dices es cierto pero creo que los que más emigraron en el pasado a todas partes del Mundo fueron los GALLEGOS. Por el ancestral sistema de caciques y "pobriños".
Los andaluces y extremeños no es que estuvieran mejor pero me da la impresión de que el mayor número de emigrantes españoles lo ha dado Galicia.
Hace años me decía un gallego de pura cepa que el "gallego es pasivo, como el portugués" y no se atreve a rebelarse contra sus amos y prefiere marcharse lejos.
Eso es cierto, aunque no hay que olvidar que los conquistaron el Nuevo Mundo (no sé si considerarlos inmigrantes propiamente) eran en su mayoría extremeños y que después llegaron gallegos, canarios y vascos que fueron los más abundantes por aquellos lares en tiempos de la colonia...posteriormente a partir del XIX, como bien dice, los gallegos se llevaron la palma.
ResponderSuprimirMe ha encantando la historia de este hombre Alfonso Graña, aventurero, explorador, y rey de los Jíbaros; lo que tiene que hacer un hombre por el afán de supervivencia, pues al final, es lo único que mueve a estas personas a realizar sus hazañas; ciertamente cuando se habla de emigración se piensa en gallego, pues digamos que están presentes en todas partes del mundo, la prueba esta en Argentina, a donde a los españoles, nos llaman gallegos.Mi reconocimiento para todas aquellas personas que han tenido que dejar su país para abrirse camino en el mundo.
ResponderSuprimirUn saludo
DON MANUEL
ResponderSuprimirMe alegro de que le haya gustado esta historia, oculta como tantas otras de la memoria colectiva, y en la que se prueba lo que dice Ud. : que la necesidad o afán de supervivencia produce héroes en donde menos se espera.
Me uno a su reconocimiento a todos los que tuvieron que abandonar, por hambre, España y tuvieron que luchar lejos para salir adelante.
Interesante historia.
ResponderSuprimirEjemplo de cómo la vida se extiende por el planeta: el afán de supervivencia hace que nos adaptemos a los lugares más inhóspitos.
Otro día probaré la fórmula de reducción de cabezas.
ASPIRANTE
ResponderSuprimirYa me imaginaba que a más de uno le podía interesar el método de la Reducción de Cabezas de los jíbaros.
Cuando llegue el momento podriamos utilizarlo con algunos gillotinados que se lo merecen.
Que algunos/muchos/muchísimos se merecen la guillotina es más que seguro, pero no sé yo si al apéndice que llevan sobre el cuello y bajo el cabello le podemos llamar cabeza, aunque es cierto que tiene forma de tal.
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