No hay libro, excepto la Biblia, que haya sido tan estudiado y discutido como el Quijote. Todavía hoy, cervantistas de todo el mundo discuten y se apasionan en torno a una preposición, un adverbio, una nota erudita. Todo parece dicho ya sobre la obra de Cervantes; y sin embargo, ésta permanece inagotable en su grandeza, llena de pasajes oscuros, emboscadas fascinantes, sonrisas inesperadas, pequeñas y gratas sorpresas.
Cervantes, recordémoslo, fue soldado; y su hermano Rodrigo, alférez, había muerto peleando en Flandes en 1600. Nunca se insistirá demasiado sobre la necesidad de tener presente todo eso a la hora de leer el libro. El mismo Cervantes insiste en ello, dándonos codazos de continuo. Está orgulloso de su valor y sus heridas "en la más alta ocasión que vieron los siglos", y aparte la mención directa en el prólogo a la segunda parte, en los dos bellos y sentidos sonetos a los muertos de La Goleta -"primero que el valor faltó la vida"-, y en la casi autobiográfica historia del cautivo, nos recuerda varias veces indirectamente, con orgullo, su comportamiento en la jornada de Lepanto y durante el cautiverio de Argel.
El oscuro funcionario que se gana la vida en un oficio ingrato, pateando caminos, durmiendo en ventas, posadas y cárceles, trabaja como recaudador: lo más opuesto al heroísmo. Tiene nostalgia del soldado que en otro tiempo fue. En el siglo que empieza, la gloria sabe a cenizas.
Sus compañeros mutilados peleando contra el turco mendigan en la puerta de las iglesias, y los grandes aventureros del XVI han envejecido, murieron, se han matado entre ellos o fueron ahorcados por la justicia real. A América van funcionarios y curas. A Cervantes ni siquiera le permiten probar fortuna allí: "Busque por acá en qué se le haga merced" -sin sospecharlo, el rey Felipe II le hace un gran favor a la literatura, a España y al mundo-. Lepanto está lejos, y sus héroes, olvidados. Juan de Austria, el último Amadís, ha muerto.
Don Quijote, o mejor dicho, el hidalgo Alonso Quijano, no es valiente. Sólo cree serlo. Ni siquiera el valor insensato que nace de su locura sobrevive al mundo real que se introduce, implacable, por los resquicios de su armadura anacrónica y abollada.
Todo ello, que el lector vislumbra en destellos rápidos a lo largo de la primera parte de la obra, resulta evidente en la segunda. Sólo cerca del final, en Cataluña, nuestro héroe encuentra la aventura de verdad. La muerte de verdad. Sangre auténtica, empezando por el bandolero al que mata Roque Guinart, ante cuyo valor, que sí es real, calla y mira el héroe loco. Y ahí empieza a encogérsele el coraje. Cuando el ataque de los bergantines turcos, él sigue mirando. Oye cañonazos, que no había oído nunca, y de nuevo calla. Se espanta. En realidad, cuando poco después el bachiller Sansón Carrasco vence a Don Quijote -lo mata, en cierto modo- no hace sino liquidar a un héroe agonizante.
Quien sí fue valiente, sin fisuras, es Miguel de Cervantes. Y se nota. Cuando arremete con denuedo, Don Quijote no hace sino utilizar lo que le presta el corazón del hombre que lo alumbra. Cervantes era el joven de Lepanto, el soldado de Urbina honrado y pobre, el gallardo esclavo de Argel; el novelista genial que, pese a cuanto él mismo afirma, sabe perfectamente que es falso que los libros de caballerías estén en su época dorada.
Porque el Quijote no liquida nada. Según nos hace notar Martín de Riquer, cuando Cervantes escribe su obra, el género ya está de capa caída. Los pensadores serios, los moralistas, los erasmistas, llevan mucho tiempo repitiendo que los libros de caballerías son depósito de mentiras y vanidades. Su siglo áureo ha sido el XVI, cuando eran leídos lo mismo por el emperador Carlos que por santa Teresa y viajaban hacia poniente en el equipaje de conquistadores que, ellos sí, vivían aventuras desaforadas y bautizaban las nuevas tierras con nombres sacados de esos libros: Patagonia o California.
Entre el cañamazo de la parodia genial, por los vericuetos serenos de su prosa, Cervantes nos muestra que no está tan lejos de todo eso como pretende. Ni siquiera, descubre el lector a poco que se fije, el autor se burla de todos los libros de caballerías. Sólo ataca a los malos. Otros los aprueba y subraya sus virtudes, sobre todo el elogio del valor, salvándolos del expurgo de la librería y de la hoguera.
No es tampoco, el de Don Quijote, un valor inspirado por la religión y creer a Dios de su parte, aspecto nada baladí en la época. Cervantes es católico correcto, pero no practicante en exceso. Esto se transmite a su personaje, sobre todo en la primera parte.
En ella Don Quijote se encomienda menos a Dios que a Dulcinea, y no resulta hombre de muchos rezos. Sabemos que es amigo del cura de su lugar y que éste lo tiene por hombre de bien, pero no es sujeto que se entretenga demasiado en la oración. Ni en la primera ni en la segunda parte va a misa, y en la primera sólo reza en una ocasión -y porque tiene miedo- encomendándose a Dios cuando la aventura de los batanes; pues la segunda vez, en el capítulo 26, lo hace por imitar a Amadís y a los caballeros enamorados. No es por devoción.
Por Arturo Pérez Reverte
Académico de la Real Academia de la Lengua
el bravo complutense


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