viernes, 4 de junio de 2010

El Pupas

Desde niño he sido un poco pupas: me he roto una costilla, un brazo, un tobillo… Pero lo más asombroso es que me he roto los dientes nada menos que tres veces. La primera vez recuerdo que debía tener unos 12 años: estaba en casa de mi primo haciéndole bromas -básicamente, riéndome de él-, me giré de pronto y, como tengo la costumbre (y el defecto) de ir siempre con la boca abierta, me estampé contra una silla de madera de estas antiguas, de roble auténtico. Y me rompí un paleto.

Me llevaron al dentista para que valorara si se había dañado el nervio, pero optaron por dejármelo así, roto, al estilo Mikel Erentxun. Yo siempre digo que mi madre, como era bastante previsora, ya sabía que más adelante me lo volvería a romper otra vez y pensó que no merecía la pena arreglarlo.

Tres años después, también en casa de mi primo, estaba bañándome en una piscina que tenía forma de L y empecé a bucear con los ojos cerrados y la boca abierta; lo más natural del mundo, vamos. Así que me choqué contra una esquina y me rompí los dos paletos. Fue tremendamente doloroso.

Esta vez el dentista sí consideró que había que arreglarlos, de forma que me pusieron unas fundas, con las que recuperé mi sonrisa… hasta hace cinco años.

Recuerdo que estaba bebiendo una cerveza en un bar, cuando una chica que estaba bailando me dio un cabezazo y me golpeé con el botellín en los dientes; no me lo podía creer: otra vez me los había roto. Lo curioso es que la chica ni se enteró; ella estaba de espaldas y siguió bailando tan contenta, mientras yo me dedicaba afanosamente a buscar por el suelo las fundas. Me pareció absurdo en aquel momento decirle 'oye, que me has roto los dientes…'.

Después de eso decidí arreglarme la boca de una vez por todas: fui al ortodoncista y me puse unos brackets invisibles que apenas se notaban, y estuve con ellos tres años. Aunque hay gente a la que le molesta el aparato, yo no tuve problemas ni para comer. Y, desde entonces, procuro ir con la boca bien cerrada.

Pero, como decía, he tenido cierta tendencia a romperme huesos de las formas más absurdas. Por ejemplo, cuando tenía 10 años estaba jugando a Bruce Lee en casa de mi abuela y me rompí una costilla con una escoba: de la manera más tonta, pisé el cepillo, el palo se vino hacia mí, yo me fui hacia delante… y me la clavé. Fue dolorosísimo, la verdad. Además, no me podían hacer nada, eso sólo se cura con reposo.

Ya con 13 años, estando en un campamento me rompí un brazo en una excursión. Es algo que he estado recordando mucho ahora, porque acabo de hacer la película Campamento Flipy y se me venía a la mente el día en que me apoyé en un tronco para descansar, resbalé y caí sobre el codo. Fue bastante patético: me hicieron izar la bandera con el brazo escayolado y el paleto roto…

Finalmente, hace unos 10 años, jugando al fútbol, me centraron el balón, yo lo pisé y tuve una mala caída: me rompí el tobillo. Fue una fractura bastante complicada; de hecho, tuvieron que operarme y ponerme dos clavos, que llevo todavía.

Estuve varias semanas sin poder apoyar el pie en el suelo, y luego pasé cuatro meses de rehabilitación. Toda una odisea.

Confesiones de un GAFE.


3 comentarios:

  1. Estas cosas hay que mantenerlas ocultas, que luego se enteran los seguros de salud y te suben la prima de riesgo hasta el infinito, o más allá.

    ResponderSuprimir
  2. Sí, es cierto. Y la prima de seguro de éste tendría que ser brutal.
    Que conste que el Pupas no soy yo.

    ResponderSuprimir
  3. Pues no sabe cuánto me alegro que el gafe sea otro, que todo se pega menos la hermosura.

    ResponderSuprimir