La prensa mundial volvió a desentrañar las redes mundiales del fundamentalismo islámico que siguen expandiéndose en la gran media luna verde que va desde el Sahara hasta Filipinas.
Dice el diplomático Daniel Pérez del Castillo que esto me ha llevado a reflexionar, como muchos otros, sobre el fenómeno del Islam. Porque en el fondo cada vez me convenzo más de que no lo comprendemos bien.
He escuchado las declaraciones del General Petraeus sobre las acciones de Estados Unidos en Yemen y en Afganistán y me dan la impresión de que el inmenso poder militar americano se muestra cada vez más impotente para liquidar la insurgencia musulmana.
Es cierto que Estados Unidos posee las armas más sofisticadas del mundo fruto de una industria y tecnología superiores. Y tanto Bush como Obama actúan respaldados por un porcentaje sustancial de norteamericanos que siguen convencidos de la justicia de esta lucha a miles de kilómetros de su suelo para defender a su país y al mundo.
Pero otros norteamericanos y occidentales no están tan convencidos de la eficacia de la empresa por las pérdidas de vidas inocentes y por su éxito improbable. Porque la lucha es despareja. Deben enfrentar un enemigo que cuenta con un sistema de guerrillas y con armas letales financiadas por petrodólares pero que sobre todo está motivado por una determinación, una finalidad religiosa absoluta y por un fuerte respaldo popular.
Y para esta guerra que consideran “santa”, logran atraer a miles y miles de jóvenes y no tan jóvenes idealistas que están dispuestos a jugarse el todo por el todo por una causa superior: el renacimiento del Islam.
Los letrados musulmanes y los jefes de las madrasas conocen bien la historia de su pueblo y tienen bien presente que, desde Lepanto, durante casi seis siglos, los territorios del Islam han venido siendo aplastados y dominados por Occidente.
Por eso en todas partes, con rara unanimidad, festejaron los atentados del 11 de septiembre de 2001 que marcaron lo que podría constituir algo así como el comienzo de una reconquista político-religiosa.
Para ellos Occidente y Cristianismo son una sola realidad: el enemigo del Islam y así se observa en esta última década el agravamiento de las persecuciones contra los cristianos en esos países (baste recordar aquí los hechos ocurridos días pasados en Malasia por el uso de “Allah”, el asesinato de coptos en Egipto, en Pakistán o la siempre crítica situación de los cristianos en Irak).
Algunos insisten en afirmar en que la mayoría de los musulmanes no comparten estas posiciones radicales y que son más numerosos los que se sienten atraídos por las luces de Occidente.
Pero la realidad es que por su religión globalizadora los musulmanes no se integran fácilmente a nuestra cultura y además son cada vez más numerosos en Europa y en otros países occidentales debido a nuestro escaso crecimiento o decrecimiento demográfico.
La presión de los inmigrantes legales o ilegales es incontrolable y los musulmanes que ya son ciudadanos europeos seguirán creciendo a un ritmo mayor que el resto de la población.
Ya algunos alcaldes en Bélgica u Holanda son musulmanes mientras sus instituciones se extienden por todas partes. Con o sin minaretes las mezquitas se multiplican mientras las iglesias, al menos las del centro y norte de Europa, se vacían o se cierran.
Se comprende entonces las reticencias de los gobiernos de Francia y Alemania y en general de la opinión pública, para que Turquía ingrese en la Unión Europea.
Otro elemento a tener en cuenta es la coherencia de los islámicos que a menudo viven mejor su fe que los que nos consideramos cristianos y se asombran con razón de los crímenes legalizados de los infanticidios prenatales o a los mal llamados matrimonios homosexuales difundidos en nuestros países y que algunos tristemente consideran síntomas de modernidad y libertad.
Mientras Occidente no reaccione, vuelva a sus raíces y a su primera Cultura no parece que podrá encararse una respuesta al Islam imparable.
Sin negar la necesidad lógica de defenderse solo unas sociedades solidarias y respetuosas de los verdaderos derechos humanos nos permitirán recuperar nuestro destino.
Y de momento las sociedades europeas están adormecidas por objetivos idiotas.
COSTA UROLA
imparable el islam


Europa ha intentado ir por un camino, olvidando las raíces; por mucho que uno despotrique sobre la cúpula vaticana y eclesiástica sabe que la actual cultura existe gracias a que durante siglos los curas y monjes eran quienes extendían la cultura de un lado a otro; las raíces judeo-romanas-cristianas son las de Europa, así como la de los países nórdicos comen de sus raíces vikingas a la vez que cristianas.
ResponderSuprimirSi nos olvidamos de esto no tendremos nada que hacer y los moriscos volverán no solo a ocupar Al-Andalus sino todo el Viejo Continente.
JAVIER
ResponderSuprimirNo confundas lo de EXTENDER LA CULTURA JUDEO CRISTIANA de origen griego-romano, con CONSERVARLA, ya que los del Vaticano y durante muchos siglos lo que hicieron fue prohibir que la población supiera leer y escribir, y esconder los conocimientos greco-latinos en sus MONASTERIOS para uso exclusivo de los sacralizados.
En los siglos XIII y XIV apaleaban a mujeres que supieran leer y desde la sutoridad de obispos u abades feudales.
Los estudios e investigaciones de grandes matemáticos como Galileo y Copérnico se realizaban en SECRETO para no ser sometidos a la Inquisitio.