jueves 28 de enero de 2010

Ajuria_Enea


Cadáveres podridos de palomas obturan algunas de las cañerías que descienden del tejado de Ajuria Enea, sorteando los pináculos del alero de la cubierta y los arbotantes de los esquinales cilíndricos de la planta superior.

En los días calurosos del verano, o según como soplara el viento, un hedor mefítico envolvía determinadas zonas de la residencia del nuevo lehendakari, recordándole que allí habían pasado muchas cosas antes de que llegara él.

No es una metáfora, ni siquiera un brote tardío de justicia poética destinado a evocar la descomposición y el olor a cadaverina que exhalaban todos los planes y "procesos de paz" alentados por el anterior inquilino del palacio.

Es tan sólo un parte de intendencia, transmitido aséptica y resignadamente por una colaboradora fiel: "No sabes en qué estado encontramos esto. Pero Patxi decidió no tocar nada que no fuera imprescindible porque en plena crisis no era cosa de rodear Ajuria Enea de andamios".

A Patxi le están saliendo canas en las dos curvas que bajan de la frente a las patillas. Sus gafas de montura pálida acentúan el tono blanquecino de su tez y le dan ese aire de contable abnegado, dispuesto a quedarse todas las noches hasta las tantas para sacar el trabajo adelante y procurar un futuro mejor a su familia.

Es un hombre corriente, pero no es un hombre gris. Tiene tirón, genera empatía. Su historia parece sacada de una película de Frank Capra a la española: el hijo de un trabajador manual de Portugalete decidido a ejercer de presidente de todos los vascos de buena voluntad, sustituyendo las fantasías endogámicas del nacionalismo por un concepto abierto de ciudadanía.

Desde el pasillo acristalado por el que se accede al comedor del edificio de la Lehendakaritza Patxi López me muestra el recorrido que siguió Fernando Buesa durante el que habría de ser el último paseo de su vida, el 22 de febrero hará diez años. "En ese edificio de ahí estaba el etarra que activó la bomba con el mando a distancia", me dice señalando un conglomerado blanco repleto de ventanales a poco más de doscientos metros.

Cuando ocurrió aquello yo no lograba comprender que el jefe de un gobierno democrático fuera capaz de asumir que asesinaran al líder de la leal oposición delante de su residencia, no ya sin dimitir sino sin tan siquiera rectificar un ápice su empecinada defensa de un proyecto coincidente con el de los asesinos.

Ahora al comprobar in situ esa cercanía palpable que ninguna foto o gráfico terminan nunca de reflejar (literalmente el crimen sucedió delante de sus narices) es imposible no sentir una descarga de indignación y no lamentar que ese fanático sin entrañas pudiera aún permanecer en el poder nueve años después de aquello.

Patxi habla de las víctimas, del apoyo que les presta, de tal o cual próximo aniversario con afecto, con emoción, con humanidad, nunca con ira.

El principal logro de sus ocho meses y quince días en el cargo ha sido la deslegitimación social de la violencia y el acoso a quienes la justifican y ensalzan hasta expulsarlos del espacio público de las fiestas populares.

Sólo por esa elemental profilaxis (un verano sin carteles de etarras en medio del txakoli, sin aquellos muros de la vergüenza que convertían en héroes a los asesinos delante de las viviendas de sus víctimas) ya habría merecido la pena que se hubiera formado este gobierno con el inteligente consejero de Interior Rodolfo Ares al frente de una Ertzaintza por fin motivada para cumplir con su misión legal sin tapujos ni reservas mentales.

Se siente arropado por los empresarios -"Nos apoyan más de lo que lo hacían con el PNV"- y habla del impulso a las obras del Tren de Alta Velocidad como el compendio y representación de un proyecto orientado a situar Euskadi más cerca de todo.

Entre tanto ha iniciado, con menos contundencia de la que la mayoría de sus electores querrían pero con plena claridad de ideas, el desmontaje del tinglado nacionalista, la sustitución de un régimen de poder monolítico ligado a la obsesión identitaria por la articulación de una sociedad vasca basada en el pluralismo.

Un primer paso decisivo ha sido la anulación de las disposiciones que habían convertido el euskara en la única lengua vehicular de la enseñanza.

Queda por articular un modelo educativo que él y su equipo consideran que debe ser trilingüe -con el inglés pesando casi tanto como los dos idiomas oficiales- y antes o después tendrán que encarar el problema de la reducción de la oferta de enseñanza en español, replegada a las zonas con mayor inmigración y pobreza por los usos sociales del nacionalismo y treinta años de subvenciones al euskara.

Pero su compromiso público es bien nítido: "Garantizamos la libertad de elección de las familias".

Y es un alivio escuchar en la sede del Gobierno vasco lo que los acomplejados presidentes de Cataluña y Baleares no pueden ni quieren decir.

Patxi López es consciente de que mientras los sectores que le apoyan esperan resultados inmediatos con prisa y ansiedad el mundo nacionalista le mira con una mezcla de desdén y prevención. El resultado de ambos fenómenos es el alto nivel de desconfianza en su gestión que ha reflejado alguna encuesta reciente.

El lehendakari reconoce que una de las mejores cosas que le ha pasado en estos meses es constatar la lealtad y el apoyo constructivo que está recibiendo de Antonio Basagoiti. Hay sintonía personal, hay complicidad política y eso es mucho más importante que los escuetos pactos escritos.

El lehendakari y su equipo son conscientes de la encrucijada que vive el País Vasco en relación con el debate desatado en ETA y las repercusiones que ello pueda tener en la recomposición del mapa político.

En todo caso, al margen de cuáles sean las maniobras de sus rivales, Patxi López tiene muy clara su propia oferta a la ciudadanía. Lo acaba de exponer con palabras que, en un lugar con tanta afición por el deporte, cualquiera puede entender. Es una idea que ha tomado prestada de un pasaje del libro sobre Mandela en el que John Carlin explica cómo se apoyó en el rugby para construir la nueva Sudáfrica:

"Queremos hacer el equipo de Euskadi con todos los vascos".

Ya no hay ninguna razón por la que tenga que oler a podrido en Ajuria Enea.

pedroj.ramirez@elmundo.es



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