
La década que abarca de
1957 a 1967 constituye el período decisivo del franquismo. El Caudillo, con su proverbial astucia, se percató de que, salvados los traidores bajíos de la política internacional, la nave patria enfilaba ya, viento en popa, los escollos de una economía desastrosa.
Renovarse o morir. Había que dejarse de pamemas y echarse en brazos del sistema capitalista y de la economía de mercado.
Franco se afeitó el bigotito, archivó las carpetas del proyecto autárquico y desatornilló de sus poltronas a unos cuantos ministros falangistas para sentar en ellas a jóvenes tecnócratas opusdeístas.
Una bocanada de aire opusdeista, con ciertos efluvios a incienso, circuló por las camarillas del poder. Elegantes ministros y pulidos subsecretarios se movían con soltura con la estampa de san Ramiro de Maeztu en la billetera, junto a la foto de familia numerosa.
Los españoles que cada noche salían al balcón, muchos en camiseta, otros en pijama a rayas, a escrutar el firmamento en busca de la parpadeante lucecita del Sputnik no eran conscientes de estar doblando la bisagra de una nueva era, ni advertían que después de tres lustros de difícil equilibrio en
el trampolín de la escasez, se estaban columpiando sobre el embalse del aperturismo, de la liberalización, del neocapitalismo, de la abundancia consumista, de la sociedad del confort.
La zambullida nos tomó por sorpresa. En un santiamén, se abrieron las esclusas, y
dos millones de trabajadores españoles se vaciaron sobre Europa, mientras cuatro, seis,
ocho millones de turistas europeos en paños menores trashumaban cada verano a nuestras cálidas playas, ávidos de insolación, de paella, de sangría y de burro-taxi typical.
El negocio de exportar pobres e importar ricos atascaba de divisas las arcas del Estado; por otra parte, crecían las inversiones extranjeras, aprovechando que los salarios eran bajos y no había huelgas. "Había que ser muy mal nacido y radioescucha de la emisora Pirenaica para negarse a admitir que el pueblo disfrutaba de un bienestar sin precedentes", pensaban los capitostes.
Gas butano, tresillos de skay adornados con pañitos de croché y cojines de lana, secador de pelo, batidora Turmix, frigorífico, transistores vía Ceuta o Andorra, muebles de formica y diseño nórdico, cuartos de baño con bidé en una de cada cuatro viviendas, agua caliente en una de cada dos, utilitario familiar. Del subdesarrollo pasábamos al consumismo; del desempleo, al pluriempleo. Un mundo nuevo amanecía.
Pero no se durmió en los laureles: se multiplicaba, timoneaba la nave del Estado con pulso firme, inauguraba pantanos, se hería en la mano "estando cazando en El Pardo", capturaba una ballena en el Cantábrico y enviaba la pelota de golf más lejos que nadie.
Había paz (XXV Años, en 1964),
había pan, había fútbol, había concursos ("Un millón para el mejor"), había
quinielas millonarias. ¿Qué más podíamos desear? Vivíamos mejor que nadie. Por las carreteras españolas
los primeros Seat 600 iniciaban su tímido rodaje en manos de inexpertos neoconductores.
España daba el estirón. Quizá quedaba algo desgalichada y asimétrica: en la costa, jornal seguro de albañiles y camareros; en el interior, pasaporte y maleta para Alemania.
Arreciaba el éxodo del campo a la ciudad. Desertores del arado dejaban el pueblo, las boinas capadas, las tocas negras y los valores morales, hasta entonces salvaguardados por el qué dirán de un vecindario chismoso, y se volvían permisivos y modernos en cuanto desembarcaban en el anonimato de la gran ciudad.
La cartilla de ahorros se olvidó en el fondo del secreter de la cómoda, la gente vivía al día, quería disfrutar y resarcirse de las privaciones pasadas, consumía en cómodos plazos: "Compre ahora y pague después."
La Iglesia y el Estado franquista se habían prometido amor eterno apenas acabada la guerra. El Concordato de 1953 fue su boda formal. España aportaba como dote los ministerios de Educación e Información. La Iglesia se las prometía felices, pensando que, con esos dos instrumentos en la mano, tenía asegurada su influencia durante otros mil años.
Incluso en el propio Vaticano cocían habas: el Concilio Vaticano II dejó estupefactos a los obispos españoles. ¡El papa quería adaptar la Iglesia al mundo y no al contrario!
Se produjo una desbandada general; grupos contestatarios exigían que la Iglesia se ocupara menos de la moralidad y más de la justicia social.
La jerarquía se escindió en dos bandos: preconciliares integristas y conciliares progresistas. De éstos, comenzaron a salir algunos curas disidentes, con preocupación social, incluso obreros, lo que ocasionó grave escándalo y quebranto entre los obispos franquistas.
La Iglesia, tan cuca siempre, evita poner todos los huevos en la misma cesta. Ve venir los cambios y sabe ganar la delantera. En las zonas industriales comenzaba a haber huelgas y curas obreros entre los huelguistas.
En el País Vasco empezaba a levantar cabeza el nacionalismo, Y el terrorismo asomaba las peludas orejas,
con curas encubridores suministrando infraestructura logística e incluso algo más.
Hacia 1957, los españoles, que hasta entonces habían creído que la esencia de la vida consistía en apretarse el cinturón, contemplaron con sorpresa cómo les germinaban debajo de los pies las semillas del consumo traídas, en vuelo estacional, por turistas y emigrantes. En tan sólo diez años, entre 1960 Y 1970, la renta per cápita del país había crecido en un 82 %.
Tras la remodelación ministerial de 1965, el gobierno se escindió en dos bloques antagónicos: por una parte, los retroinmovilistas, capitaneados por el vicepresidente y hombre de confianza del Caudillo, Carrero Blanco; por la otra, progresistas, abanderados por Fraga lribarne, que aspiraba a normalizar el país.
La dictadura se desprendió de los lastres nacionalsindicalistas Y ascendió a régimen autoritario dispuesto a ceder en lo superficial para mantener lo fundamental.
La Virgen se apareció a unas niñas sobre un lentisco del Palmar de Troya, en la provincia de Sevilla. El rojerío progresista avanzaba sus peones. En los foros políticos, arreciaban voces exigiendo coeducación. En 1970, el presupuesto de Educación superó al del ejército por vez primera en la historia del régimen.
El radicalismo estudiantil, que en París se lanzó a la calle para destruir los coches de la burguesía,
en España se lanzó a los catres de los cuchitriles estudiantiles a destruir los virgos, considerados también símbolo de la burguesía, del dominio papista y vestigio retro de la dictadura. Las barricadas se hacían esperar.
España se estaba volviendo roja y libertaria, pero los alevines de la clase media, los chicos burgueses que hicieron el bachillerato en Acción Católica y las chicas que fueron Hijas de María en colegios de monjas, las nuevas generaciones que el régimen había amamantado generosamente a sus pechos, se tomaban su tiempo antes de lanzarse a la revolución.
Fue al final, ya en la universidad, cuando se convirtieron por millares al marxismo-leninismo y se catequizaron con el Libro Rojo de Mao. Franco estaba ya gagá.
Costa Urola
francobigotito