jueves 24 de diciembre de 2009

Abolir la Navidad o modificarla, es necio


El concepto de civilización está unido de forma indisoluble al ámbito de las creencias y las costumbres. Tratar de cercenar éstas por impuras con el supuesto bisturí de la razón es justamente lo irracional, no tiene pies ni cabeza.

Luchamos por preservar viejas tradiciones de nuestros pueblos, destinamos grandes sumas de dinero a la recuperación de lenguas que están en peligro, incluso defendemos manifestaciones de culturas remotas, ¿y no vamos a poder mantener costumbres seculares que nos enriquecen, nos identifican y nos unen?

Estamos hablando, por lo demás, de símbolos y referencias que no son beligerantes con los de otras culturas o tradiciones.

En nada ofende a un musulmán o a un ateo una estrella de belén o un rey mago, y a nada les obliga. No hay ninguna contradicción ni es incompatible con una sociedad plural cultivar tradiciones centenarias que han pasado de generación en generación.

Las tradiciones cohesionan a la colectividad. En una época cada vez más individualista e insolidaria, la Navidad, con todo su significado, sin amputaciones ni postizos artificiales, es también una oportunidad para construir una sociedad mejor.

Tratar de descafeinarla y de hacer de ella lo que no es, supone echar piedras contra nuestro propio tejado.

Y la mayor necedad inventarse sustitutos que mitifican inexistentes símbolos tradicionales como es la figura del Olentzero, carbonero borrachín, que en comparación con lo tradional resulta de una irracionalidad propia sólo de peneuveros.

COSTA UROLA



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