jueves, 26 de noviembre de 2009

Los requetés en Vera del Bidasoa

 



Los requetés en Vera


Yo paso gran parte del año en Vera del Bidasoa y estaba en casa cuando estallaron los acontecimientos revolucionarios que perturba­ban a España. Hace ocho días supimos que había llegado al pueblo un camión cargado de comunistas y de gentes del Frente Popular de Irún, que recorrieron las calles de la aldea, y a la mañana siguiente, después de vitorear a la República y dedicarse un poco a la pedantería de los puños en alto y de "¡Salud, camaradas!", volvieron a Guipúzcoa e hicieron saltar el puen­te de Endarlaza.

Dos días después entraban en Vera los requetés salidos de Pamplona. Al salir de mi casa, por la mañana, me dijeron: "Ahí están". Efectivamente, en mi barrio, que llaman de Alzate, delante de una casa de dos pisos, con un balcón con una muestra donde se leía Círculo de la Unión Republicana, había un gru­po de veinte a treinta hombres con traje amari­llo "kaki", boina roja y un fusil brillante, moder­no. Me pareció una escena del tiempo de la guerra carlista y del cura Santa Cruz.

Un oficial, desde el balcón, arrancó el palo del asta de bandera e hizo saltar a hachazos el letrero y lo tiró al suelo. Después fue sacando libros y amonto­nándolos en la calle, donde los soldados les prendieron fuego. Entre los libros había algunos míos que había regalado al pequeño casino. Allí quedaron carbonizados.

Estas tropas del requeté tenían cierto aspecto. En su mayoría eran hombres pequeños, casi todos de la Ribera de Navarra. Había un mucha­cho alto y grueso, con una boina de borla amari­lla, y uno viejo con gran aire de antiguo guerrille­ro. Después de destrozar la pequeña biblioteca del círculo, pusieron un letrero que decía: "Dios, patria, fueros y Rey".

Estuve hablando con los requetés. Uno me preguntó qué habían hecho los comunistas al pasar por el pueblo. Yo les dije que nada. "¡Lástima que no los hayamos encontra­do!", dijo uno. "¿Y ustedes -les pregunté-, están dispuestos a la guerra?" "No, pero no nos darán miedo las balas. Bien confesados y bien comulgados, para morir lo mismo da hoy que mañana"-me contestó uno pequeño.

"¿No ten­drá usted hijos?, preguntó una mujer." "Sí, tengo cinco, tan pequeños que caben en esta cartuchera".

Al día siguiente se habló en Vera de que venían más tropas del requeté, que iban al límite de Navarra con Guipúzcoa al mando del coronel Beorlegui. El miércoles por la tarde uno de los agentes de policía de Vera me dijo:
- Hoy tiene usted un espectáculo interesantí­simo. Va a llegar una columna de Pamplona al mando del coronel Ortíz de Zárate, que entrará por el vecino pueblo de Lesaca y marchará a for­zar el camino de Oyarzun para acercarse a San Sebastián.

Esta es una de las marchas que hacía con fre­cuencia el cura Santa Cruz. Cuando me decían esto se encontraba conmigo un médico del pue­blo, Dr. José Ochoteco y un policía.
El Dr. Ochoteco había venido en un automóvil pequeño con una gran cruz roja en el parabrisa. Llevaba en la manga un brazal con la misma cruz. El policía dijo:
- Ochoteco podría llevamos en su coche para ver el paso de la columna.
- Muy bien -contestó el médico-, vamos en seguida.
- Vamos- repliqué.

Subimos los tres al automóvil y nos encamina­mos hacia Lesaca. A la entrada del puente sobre el Bidasoa, vimos a dos oficiales, uno de los cua­les conocía al médico.

- No ha llegado aún la columna -le dijeron-, pero debe estar cerca.
Yo le dije al médico que me parecía que lo mejor sería volver.
- ¿A usted le importa -me preguntó el médi­co- que vayamos hasta Almandoz para ver a mí mujer que está algo enferma?
-A mí, no.

Llegamos a Almandoz; fuimos a casa del sue­gro del doctor y desde el balcón comenzamos a ver el avance de la columna medio militar, medio carlista. Irían de 700 a 800 hombres en varios camiones, requetés de boina roja, solda­dos de artillería con piezas ligeras y automóviles de oficiales y jefes.

Los requetés gritaban y salu­daban al estilo fascista; los soldados de artillería con casco de acero y trajes oscuros, se mostra­ban serios y no hacían manifestaciones de entu­siamo.

Pasó toda la columna y nosotros pensa­mos abandonar Almandoz y salir para Vera. Nuestro médico tenía prisa y cuando encontra­mos los últimos camiones detenidos, empeza­mos a adelantarlos. Era seguramente una impru­dencia. Bajamos la cuesta hasta Mugaire, siempre adelantando a los camiones, entre muje­res y sacerdotes que nos aplaudían como si fué­ramos de la comitiva.

De pronto se empezaron a oír grandes voces de ¡Alto¡ ¡Alto! Nosotros nos detuvimos y oímos la voz de uno que gritaba:
- A ver ese automóvil donde va Pío Baroja.

Cuatro o cinco hombres altos, de aspecto amenazador, nos hicieron bajar del coche y uno de ellos gritó:
- ¡Pónganse en fila!

Entonces nos amenazaron con pistolas y nos registraron. Yo creí, a la verdad, que en aquel momento nos fusilaban. "Nos van a matar aquí -pensé con cierta indiferencia-'-. Yo gritaré "¡Viva la libertad!".

Tras un momento nos regis­traron y al policía le arrancaron violentamente la placa, la pistola, y todo lo que llevaba en el bolsi­llo. En aquel momento yo no tenía todo el miedo que lógicamente debía tener.

Sentía un fondo de desprecio por esta escenagrafía repugnante. Setecientos hombres para asustar a tres personas inofensivas era demasiado. No sé si esperaban de nosotros algún acto de desesperación. Después de tenernos algún tiempo rígidos en la carretera, amenazados con pistolas, subimos al automóvil con orden de seguir detrás de otro que nos seña­laron.

Este aparato, esta pedantería nietzschiana, se me antojaba absurda. Parecía cosa de provin­cianos petulantes, y recordaba aquellas cosas tan falsas de Don Ramón del Valle-Inclán acerca de la guerra carlista, en las que daba como una gran cosa el que los soldados de la religión pegaran a las mujeres en el pecho con las culatas de los fusiles.

Seguimos al automóvil que nos indicaron y lle­gamos a la entrada del pueblo de Santesteban. El pueblo tiene un camino que pasa por un puente para unirse a la carretera. En esa encrucijada se aglomeraban los requetés y el público.

Entonces el hombre alto que me había amenazado con una pistola se acercó a nuestro coche y dijo, señalán­dome y mostrándome a los requetés:

- Este es el viejo miserable que ha insultado en sus libros a la religión y al tradicionalismo.

Yo nada contesté. "Hay que matarlo", dijeron los requetés.

Me chocó la mansedumbre del público, pues nadie hizo la menor objeción. Un fotógrafo pretendió hacer una fotografía, pero alguien dio un manotazo a la máquina, que cayó al suelo. Algunos de los requetés y de los solda­dos venían a mirarme la cara, como a una fiera. Después de media hora, un jefe dijo que tenía­mos que ir a Vera, y en ese momento un puño entró violentamente y me rozó la cara. Aquí pen­sé que alguno iba a agarrarme del brazo, a sacar­me violentamente y a dejarme tendido en la carretera.

Salimos de Santesteban y llegamos a Vera. No sé qué conciliábulos hubo allí, pero al cabo de una hora nos mandaron volver a Santesteban. "Allí nos matan", pensé.

A la entrada del pueblo nos rodearon cuatro guardias civiles y en medio de la gente, tocada con boinas rojas, fuimos a la cárcel que se encuentra en el sótano del Ayuntamiento.

Al entrar en ella dije a mis compañeros:
- Aquí creo que ya estamos en seguridad.

Horas después se presentó el oficial del estado mayor de la columna, hombre amable. Me dijo que podía salir de la cárcel e irme a dormir al hotel. Yo contesté:
- Me quedo aquí, no sólo por compañerismo, sino porque me encuentro más seguro; en un hotel podrían matarme con mucha más facilidad.

El oficial del estado mayor dijo que a los tres nos pusieran en libertad una hora después de salir la columna del pueblo, pero a poco se presentó un sargento de la guardia civil y nos dijo que en la comida que habían tenido los oficiales se decidió que era impropio y de mal efecto encarcelar a gen­te inocente.

Así que el médico y yo podíamos mar­chamos y que el policía se quedaría en la cárcel por no haber dejado pasar a Francia un automóvil de uno de los señores fascistas que iban de expedi­ción. Dejamos al pobre policía en la cárcel y mar­chamos a casa de un compañero del doctor Ochoteco, el médico Aguirre.

Al llegar a casa de éste, comencé a tener un gran pánico y a perder la serenidad. El sargento de la guardia civil que nos acompañaba nos dijo que le diéramos palabra de no salir de casa de Aguirre hasta las dos de la tarde del día siguiente.

Nos tendimos Ochoteco y yo en la cama y estuvi­mos sin poder dormir. Teníamos la esperanza de que la columna abandonara pronto el pueblo. Efectivamente, a eso de las cinco o seis de la mañana empezamos a oír ruido de motores y gri­tos de ¡Viva España!, ¡Viva la religión! y ¡Viva el clero!

Estaba yo relativamente tranquilo, cuando a eso de las ocho o nueve de la mañana empeza­ron nuevamente a pasar camiones. Uno de éstos habíase volcado, quedando un muerto y varios heridos, y además la expedición había encontra­do uno de los puentes en el camino de Leiza roto. De nuevo se llenó el pueblo de boinas rojas.

- Yo he tenido mucho miedo -me decía el médico-, pero ya se me va pasando. Dentro de unos días no me acuerdo de esto. Usted ha esta­do muy sereno.

- Sí; pero ahora me empieza el pánico a mí y es posible que ya no se me quite.

Hablamos con el Dr. Aguirre de cómo se podría salir de Santesteban, sin peligro, y pensamos que mejor sería hacerlo después de comer, porque en estos primeros días, los requetés se dedicaban a comer y beber alegremente y probablemente des­pués a dormir.
El sargento de la guardia civil nos dio un salvoconducto para llegar a Vera. Después de comer, fuimos a la cárcel con ánimo de salu­dar al policía compañero de viaje pero no pudi­mos.

Salimos a la carretera bajo un sol de fuego. En todos los pueblos del tránsito había jóvenes armados, gente petulante con fusiles y escopetas modernos. En Sumbilla nos pararon un momen­to, después seguimos adelante hasta Vera, donde mi hermano, cuando le conté lo que me había pasado, me dijo que iría al pueblo para preguntar a los carabineros si me podían dar un salvocon­ducto para llegar a Francia, pero le dijeron que no.

Yo me decidí a marchar a pie. A los dos kiló­metros de andar, vi que subía un automóvil y lo detuve. El dueño era un español de apellido fran­cés. En la carretera no había obstáculos, pero antes de llegar al punto avanzado apareció un carabinero.

"Este me fastidia", me dije.

El carabi­nero pidió los papeles al propietario del automó­vil y luego me dijo:
- ¡Usted es Pío Baroja
- Sí, señor.
- Usted ha sido preso. Así lo dice el "Diario de Navarra" .
- Es verdad, pero me soltaron.
- ¿Y ahora a dónde va?
- Voy a uno de estos caseríos de España.

Entonces el carabinero se echó a reir.
- Ya veo que va usted a Francia; yo no se lo impediré, que cada cual se salve como pueda.
- Pues, muchas gracias.

En la frontera varias personas se interesaron por saber lo que me había pasado. Por la noche me llevaron hasta Hendaya, a casa de unos ami­gos.
He ido después a la frontera de Vera, en el collado de Ibardin, para ver si no hay ya vigilan­cia y comunicarme con mi familia, pero allí siguen las boinas rojas y los hombres con arma al brazo montando la guardia.

Comentario de Don Pío


Quiero insistir en que no estoy de acuerdo, en la teoría ni en la práctica, con las derechas ni con las izquierdas. Mi punto de vista es solamente personal e individual. Lo único que deseo fer­vientemente es que el Estado de España se nor­malice y que pueda vivir el que trabaja.
Varias cuestiones o problemas se plantean hoy a los españoles y a los extranjeros ante la revolu­ción desencadenada en España.

Aunque se quisiera cambiar, yo ya no podría. Es uno viejo y le falta elasticidad para eso. Le quedan los mismos entusiasmos intelectuales que siempre y piensa con enternecimiento en los grandes hombres que han intentado aclarar el mundo: Demócrito y Epicuro, Lucrecio y Marco Aurelio, Copérnico y Kant.

Ya nuestra época no es de aclaración, sino de oscuridad.

Se quiere acabar con la libertad de crítica, con el libre examen, no ya sólo en política, sino en todo. El culto de la masa de los comunistas están acogotando el pensamiento.

Se quiere mandar en nombre de una supuesta ver­dad que es, casi siempre, una teoría vieja, mano­seada y arbitraria. El que se encuentra en pose­sión de esas luminosas verdades, se considera investido de derechos sublimes. Es un apóstol, un conductor de las masas; los que le rodean son niños. Él tiene el poder de explicar la buena nue­va, que es casi siempre vieja y mala. La pedante­ría y el dogmatismo emborrachan a las gentes. Ya no puede haber explicaciones, ni razonamien­tos, ni crítica, sino sólo violencia física, fuerza de las armas.

En una época así, tan bárbara y tan bestial, vale más un tirano que cien mil. Con un tirano, quizás, se pueda vivir y discurrir; con cien mil, imposible.

Pío Baroja (Ayer y Hoy - Editorial Caro Raggio)


2 comentarios:

  1. Me quedo con todo el comentario de Don Pío. Hay que copiarlo para que lo lean los "nuevos tiranos del siglo XXI".
    Saludos

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  2. Como bien dices, PASION, todo el COMENTARIO es aplicable a ahora mismito.

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