No creo que sea imprescindible recapitular la historia de este período, en lo que al país vasco se refiere, para esbozar una comparación de su situación actual con la de entonces. Hay diferencias, desde luego, pero también similitudes inquietantes.
Lo primero que salta a la vista es que las personas del drama son otras que las de ayer (Arzallus, Ibarreche, Eguíbar, Redondo Terreros, Mayor Oreja, etcétera).
El desgaste generacional ha sido intenso y los protagonistas han cedido a otros sus papeles. La pregunta pertinente es si el guión de la obra ha experimentado cambios sustanciales, y eso es lo que no parece ni medio claro.
El frentismo nacionalista, por ejemplo, está lejos de haber desaparecido (de hecho, ha bastado una convocatoria de los sindicatos abertzales a una manifestación de apoyo a Otegui y demás muñidores de ETA, encarcelados por orden de Garzón, para una reposición callejera del pacto de Estella).
Se trata, en el fondo, de que la división política impone la estrategia frentista del nacionalismo revolucionario al PNV, reacio, en principio, a asumir aquélla, que nació, hace cincuenta años, como la alternativa propia de ETA.
Lo relevante es que cuanto más dividido aparece el nacionalismo, mayor es su necesidad de recurrir al frente nacionalista, por motivos obvios.
El frente de Estella habría dejado de existir, según el PNV, tras la ruptura de la tregua de ETA, hace diez años, pero, en la práctica, continuó y continúa operativo hasta hoy día.
Si el nacionalismo fue derrotado en las últimas elecciones autonómicas, no se debió tanto a la proliferación de siglas y de estrategias distintas en su seno, como a la ilegalización de los partidos base de ETA.
La persistencia del frentismo es un hecho. Casi una fatalidad para el PNV, cuyo regreso al Gobierno autónomo vasco pasa obligadamente por la reconstrucción de una mayoría electoral nacionalista.
No puede, por tanto, renunciar el PNV a una estrategia diseñada, en su origen, por ETA.
Previsiblemente, su aproximación al gobierno socialista, que por ahora se limita a un cínico apoyo al proyecto de presupuesto a cambio de concesiones económicas, derivará más temprano que tarde hacia presiones propiamente políticas para facilitar la recomposición de una izquierda abertzale, aunque quizá no a través del modelo clásico de los "procesos de paz", que sólo han favorecido a la banda armada.
Lo que parece evidente es que el PNV no puede descuidar el mantenimiento de la cohesión comunitaria del nacionalismo ni siquiera a la hora de entenderse con Rodríguez.
Y el futuro del PNV, si no hace ese frentismo dirigido por Eta, es no volver a tocar alfombras en Jaurlaritza. Y si sigue en el frentismo de Estella (con otros nombres) se lo tragará el Partido que elija Eta, se llame Batasuna o Biak Bat.
Costa Urola
pnv sin salida

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