Fuera del recinto amurallado se extiende un dilatado término, llamado alfoz, en el que germinan agrupaciones menores, aldeas y villas que dependen económica, social y administrativamente de la ciudad.
Si analizamos los privilegios de las ciudades recién fundadas, el primero en importancia es siempre lograr "la paz de la ciudad", que sólo el rey o un delegado suyo pueden conceder. Investida de esta paz, la ciudad pasa a ser como un lugar santo, un santuario protegido por penas y multas especiales; los habitantes de la ciudad se encuentran con respecto al rey en una relación de protección semejante a la viuda o al huérfano; el mal que se les haga será como un agravio a la regia majestad.
Situación muy favorable en comparación a los habitantes que viven en las aldeas sometidas a los señores feudales o a los monjes.
Después, el siguiente privilegio, es el derecho de comerciar.
Los habitantes de la ciudad reciben licencia para celebrar un mercado a la semana, lo cual atrae a mercaderes forasteros, y se concede un salvoconducto a todos los extranjeros que acudan con sus mercancías a ferias o mercados. Esto genera tasas y portazgos.
Y en la ciudad se asientan asociaciones y gremios de mercaderes, muchos de ellos llegados de otros países, que permanecen allí por temporadas o que se instalan permanentemente amparándose en el pago de sus alcabalas.
Los gremios de COMERCIANTES y ARTESANOS (constructores, carpinteros, mercaderes de lanas, etc) son los que sacan a la sociedad medieval de su condición de siervos sometidos a algún preboste (condes, barones, priores de Monasterios, obispos), pues todos los campesinos y pobladores de aldeas eran siervos de ellos (la mayoría de los prebostes eran en toda Europa analfabetos y despóticos con derechos ilimitados sobre la población) y al unirse en gremios logran cartas del rey para depender directamente del mismo y por tanto de una administración civil, con burgomaestres elegidos entre los miembros de los gremios y fuera del alcance de las brutales atribuciones de los señores rurales (obispos, monjes y nobleza mediana).
En cada territorio, o zona con castillo o monasterio, los campesinos y comerciantes se veían obligados a pagar portazgos por circular por sus caminos o atravesar puentes sobre ríos, a lo largo de los años que transcurren entre el mil y el 1400.
La atracción de los pobladores se logra mediante la concesión de fueros, cartas de población o cartas de franquicia para los comerciantes.
Y se solían aceptar, indiscriminadamente, a cuantos quisieran repoblar, exigiendo como condición la de que establezcan en ella sus domicilios, al menos durante un año.
Los concejos tienen sus propias autoridades encargadas de ultimar la repoblación y de dirigir la vida económica y jurídica de los municipios; además de contar con sus propias milicias que actúan con independencia, al frente de las cuales está un tenente u otro jefe militar nombrado por el magnate ( Obispo o conde).
En los concejos más importantes se establecen sedes episcopales. Y si la ciudad es de mayor importancia, se convertirá en arzobispado.
Junto a las órdenes militares, son muchas las sedes episcopales que intervienen activamente en la repoblación.
El obispo es un magnate muy poderoso que ejerce su liderazgo espiritual y temporal sobre los fieles de su diócesis y que a la vez gobierna a un gran número de clérigos menores.
A pesar de ello, la administración de justicia siempre corría a cargo del juez y de los alcaldes, y no podía estar presente el obispo, para que los que habían de testificar no se sintieran constreñidos.
Los repobladores de estas ciudades eran de origen muy diverso. Además del personal llegado para asentarse en la plaza conquistada a los moros o de nueva fundación, subsistía la antigua población musulmana o judia y, aunque en las ciudades era menos importante, en algunos centros mantenían bajo su control el mercado.
Los miembros del clero católico gozaron de una preeminente situación de señorío o dominio sobre vidas y haciendas en la Edad Media. Se mantuvo el sentido de autoridad adquirido por la Iglesia en siglos anteriores y aun se acrecentó con la gran empresa de la Reconquista, por el especial fervor religioso que alentó las campañas guerreras y repobladoras.
La nobleza asumía principalmente la defensa armada de aquella sociedad que vivía en casi permanente estado de conflicto. Aunque también el estamento eclesiástico participaba en los "untos castrenses", y a veces muy activamente.
Los OBISPOS armaban huestes e iban a la guerra auxiliados por otros clérigos; organizaban en algunos casos la defensa de las ciudades e incluso ocupaban importantes cargos militares en los ejércitos.
Este tipo de poblaciones han funcionado en el País Vasco hasta el siglo XX, por culpa de los carlistas primero, y por imposición de los nacionalistas o calistones renovados.
Una de las localidades más significativas, en el sentido de su feudalismo viviente hasta 1845, es Oñate.
COSTA UROLA
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