domingo, 4 de octubre de 2009

América y los vascos

Vasca fue la nao capitana de Colón y vasco su armador y maestre de la flota: el cartógrafo Juan de la Cosa, quien con otros siete marineros de la misma nación figuró entre los que primero pisaron el Nuevo Mundo.

A los nombres de esos precursores hay que agregar la infinidad de patronímicos vascongados que ilustran la historia y la geografía de la América española; nada más lógico, pues, que unas provincias de las que salieron un Garay, un Legazpi, un Urdaneta, un Zumárraga, un Elcano, un Ercilla y hasta, por haber de todo, un Lope de Aguirre, que por tan diversos caminos engrandecieron a España, diera con el tiempo los hombres que darían un nuevo nombre a esa España engrandecida.

Don Pío Baroja, un vasco que nunca tuvo pelos en la pluma, nos ha dejado en sus novelas, sobe todo en las del mar, hermosas relaciones de las proezas ultramarinas de sus paisanos en que lo español era el género y lo vascongado la especie.

La presencia vasca en Filipinas, por ejemplo, no se reduce a la fundación de Manila ni al tornaviaje del galeón de Acapulco, y a los nombres de Elcano, Legazpi y Urdaneta, añade Baroja, por boca del capitán Chimista, el del franciscano Melchor de Oyanguren, que fue el primero que hizo un estudio del tagalo comparado con otras lenguas; el de Lorenzo Ugalde, general guipuzcoano que luchó en el siglo XVII contra la Armada holandesa; el de Iñiguez de Carquizano, envenenado por un portugués cuando la expedición de Loaysa que le costó la vida a éste y a Elcano y en la que iba el joven Urdaneta; el de Francisco de Echeveste, general de las galeras de Filipinas y embajador del rey de España en Tonkín; el de Tomás de Endaya, constructor naval en Cavite; el de Francisco Esteíbar, que combatió por mar y tierra a chinos e ingleses en Filipinas en el siglo XVII; el de fray Miguel de Aozarasa, mártir en el Japón.

Estos frailes y estos soldados no agotan la nómina; a ellos hay que sumar los mercaderes, muy en especial los de la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas, estudiada por Ramón de Basterra en Los navíos de la Ilustración.

Esos navíos, fletados entre otros por el conde de Peñaflorida, padre de uno de los caballeritos de Azcoitia, llevan los libros y las ideas del Siglo de las Luces al Continente que en los dos siglos precedentes sus paisanos habían conquistado con la espada y evangelizado con la cruz.

Ese luminoso siglo no pudo empezar peor para los españoles, a los que nos dividieron en dos bandos dinásticos y, curiosamente, los vencidos del bando austríaco salieron mejor parados que los vencedores del bando borbónico.

Los catalanes se libraron de la maraña jurídica del reino de Aragón gracias al decreto de Nueva Planta, y tuvieron las manos libres para comerciar en América al amparo de los máximos cargos públicos a los que también, gracias a los Borbones, tenían por fin acceso.

En tiempos de Carlos III se traza el Camino Real a lo largo de California, y es un catalán, el capitán Gaspar de Portolá, quien descubre la bahía de San Francisco y funda la ciudad de su nombre, y un mallorquín, fray Junípero Serra, quien funda las beneméritas misiones.

Logran en cambio recuperar Menorca de manos de Gran Bretaña.

En cambio, vascos y andaluces, que habían luchado por el de Borbón, salieron descalabrados por los tratados de Utrecht, que a los unos quitaron Gibraltar y a los otros el monopolio de la captura de la ballena y el bacalao en Terranova y en el Atlántico Norte.

La Compañía Guipuzcoana nace para poner fin al contrabando holandés y ha de hacer frente al motín de Andresote, instigado por los holandeses de Curazao.

El bilbaíno José Luis Pinillos, vizcaíno de las Encartaciones, dice haber visto en el escudo del nuevo país independiente Saint Pierre-et-Miquelon la actual enseña de la región autónoma vascongada, la Ikurriña.

Esas islas, antiguas colonias francesas como su nombre indica, al erigirse en Estado debieron de tomar esa bandera del Museo del Ejército francés, en los Inválidos de París, donde yo la he visto con asombro ocupando todo el rellano de una escalinata y con la leyenda constantiniana In hoc signo vinces.

La bandera del Museo es la bandera del regimiento del duque de Berwick, el hijo bastardo de Jacobo II Estuardo y de Arabella Churchill que, derrotado por su tío carnal Marlborough en Irlanda, pasó al servicio de Luis XIV y se ilustró en la guerra de Sucesión española, donde ganó la decisiva batalla de Almansa en 1707 y tomó por asalto Barcelona en 1714.

Lo curioso es que, en otra guerra posterior, ésta entre Felipe V y su primo Luis XV, el duque de Berwick invadiera con sus irlandeses y su "ikurriña" las provincias vascongadas donde tomó por asalto Fuenterrabía.

Costa Urola

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