lunes, 7 de septiembre de 2009

Mi cautiverio afgano

Lo que sigue es la traducción de un pasaje del libro de Chesler The death of Feminism, publicado en 2005 por Palgrave Macmillan.

Cuando regresé de Afganistán, el 21 de diciembre de 1961, besé el suelo del aeropuerto Idlewild de Nueva York. Pesaba 40 kilos y tenía hepatitis. Aunque pronto militaría en los movimientos americanos por los derechos civiles, contra la guerra de Vietnam y feminista, lo que aprendí en Kabul me hizo inmune a la visión romántica del Tercer Mundo que infectó a tantos radicales americanos.

En Afganistán, como joven esposa, fui testigo de lo mal que se trata a las mujeres en el mundo musulmán. También yo fui maltratada, pero sobreviví. Mi feminismo "occidental" se forjó en el país más bonito y traicionero.

En 1962, cuando volví al Bard College, intenté contar a mis compañeros de clase lo importante que era que América tuviera tantas bibliotecas, salas de cine, librerías, universidades, mujeres sin velo; libertad de movimiento por la calle, libertad para abandonar nuestra familia de origen si así lo decidimos, libertad para concertar matrimonios –también para practicar la poligamia–. Todo eso significaba que, con todas sus imperfecciones, América era todavía la tierra de las oportunidades y de "la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad".

Mis amigos –futuros periodistas, artistas, médicos, abogados, intelectuales– sólo querían escuchar asombrosos cuentos de hadas hollywoodienses, no la realidad. Querían saber cuántos criados tenía, y si alguna vez conocí al rey. No hubo modo de transmitirles el horror y la verdad. Mis amigos americanos no podían o no querían comprender. Al igual que mis jóvenes compañeros de carrera, los izquierdistas y los progresistas de hoy quieren permanecer en la ignorancia.

Mi despertar afgano comenzó en Nueva York en 1961, cuando me casé con mi novio de la universidad, Alí. Yo era una muchacha judía ortodoxa americana; él, un muchacho musulmán de Afganistán que llevaba catorce años fuera de casa, mientras estudiaba en centros privados de Europa y América.

Mi plan era conocer a la familia de Alí en Kabul, quedarme allí un mes o dos, estudiar Historia de las Ideas en la Sorbona durante un semestre y después volver al Bard College para terminar mi último semestre.

Cuando aterrizamos en Kabul, al menos treinta miembros de su familia estaban allí para recibirnos. Los funcionarios del aeropuerto me confiscaron sutilmente el pasaporte americano. "Sólo es una formalidad, nada de lo que preocuparse", me aseguró Alí. "Te lo devolverán más tarde". Nunca volví a ver ese pasaporte.

Tras nuestra llegada a Kabul, mi marido occidental se convirtió en otra persona, simplemente. Durante dos años, en Estados Unidos, Alí y yo habíamos sido inseparables. Me acompañaba a mis clases. Hacíamos juntos nuestras tareas en la biblioteca. Hablábamos constantemente. En Afganistán todo cambió. Durante el día ya no éramos una pareja. Ya no me cogía la mano o me besaba en público. Apenas me hablaba. Sólo me buscaba por la noche. Me trataba como su padre y su hermano mayor trataban a sus esposas: con irritada turbación, frialdad y distancia.

Mi suegro, Amir, a quien tratábamos como "Agá Jan" o "Estimado Señor", era un empresario importante y un hombre excesivamente pulcro. En Afganistán, era un progresista. De joven había apoyado a Amanulá Jan (1919-29), que audazmente había destapado a las mujeres afganas, instituido los primeros sistemas educativos y sanitarios del país e introducido los tranvías de estilo europeo en la capital. Sin embargo, Amir no quería una nuera americana o judía. Yo fui la desesperada rebelión de Alí. Fui la prueba viviente de que, durante catorce años, había estado viviendo realmente en el siglo XX.

Alí no me contó que su padre era polígamo hasta poco antes llegar a Kabul. Entonces me dijo que, "en realidad", su padre tenía dos esposas. Había sido "engañado" para casarse con la segunda, de la que solamente tuvo dos hijos, explicaba Alí. "Eso lo dice todo. Es más como una criada de la familia". La madre de Alí trataba tan mal a la segunda mujer, Fauzia, que Agá Jan finalmente la trasladó a su propia casa. Yo visitaría a Fauzia, y tomaría el té con ella. Fauzia se mostró agradecida por el gesto de respeto y la compañía.

Imagine, estimado lector, mi sorpresa cuando descubrí que, en realidad, Agá Jan tenía tres esposas. Era una de esas realidades de las que Alí no discutía ni podía discutir. Él y sus hermanos culpaban a su madre del tercer matrimonio, con Sultana, que ponía en considerable peligro su herencia. Era un asunto arriesgado y tabú. El tercer matrimonio no contaba porque contaba demasiado.
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Agá Jan tenía sesenta y tantos años y medía metro ochenta. Su pelo oscuro era espeso, y sólo en los lados salpicado de canas. Tenía un bigote ancho y poblado, y ojos de terciopelo negro que hacían juego con sus zapatos italianos, hechos a mano. Aunque llevaba los más alegres y caros tocados karakul de estilo afgano, también vestía trajes y corbatas de confección europea. Como musulmán devoto, ni bebía ni fumaba. Sus hijos adultos y casados, tanto hombres como mujeres, hacían una genuflexión al saludarle.

La casa de Agá Jan y su tercera esposa, Sultana, tenía un gran salón a la europea, en el que recibía a las visitas y cenaba. Normalmente comía sólo, en una sala adornada con gruesas alfombras persas y tapices de terciopelo de estilo europeo. Rozia, la hija de ambos, de catorce años, le servía cada plato entrando y saliendo de la sala como una criada.

"¿Cómo puedes justificar la poligamia?", le preguntaría a Alí. "Es humillante, cruel e injusta para las esposas; las condena al celibato y a la soledad emocional a una edad muy temprana y para el resto de sus vidas. También crea peligrosas rivalidades entre los hermanos de distintas madres, que tienen pleitos por herencias durante toda la vida".

El Alí oriental diría: "No seas una tonta americana. Dices ser una pensadora, por Alá, siempre estás leyendo, por lo que espero más comprensión y amplitud de miras por tu parte. La poligamia intenta proporcionar a los hombres lo que necesitan para tratar a sus esposas e hijos de modo civilizado. En Occidente los hombres son polígamos en serie. Dejan a sus primeras esposas y a sus hijos sin mirar atrás. Aquí no tenemos esposas previas que abandonar, empobrecidas y privadas de sus identidades sociales. Si es una buena esposa musulmana, acepta y obedece los deseos de su marido, él la apoyará siempre; tendrá siempre cerca a sus hijos, que es todo lo que le importa a una mujer. Su mundo continuará unido".

El Alí occidental, en cambio, diría: "Nuestro país no está listo para las libertades personales. Por eso soy necesario aquí, para ayudar a conducir hasta el siglo XX a mis pobres paisanos. Ese es mi destino, y necesito que me ayudes. No te vayas".

En cuanto al velo, mi marido occidental diría: "Estáis demasiado inquietas con el maldito chadari. Las mujeres afganas no son estúpidas. Dales tiempo. A su tiempo, probablemente adoptarán una vestimenta más occidental y libre".

Pero el Alí oriental intentaba justificarlo de otra manera. Dijo: "El país es polvoriento y a veces peligroso, y una mujer está mejor protegida, en muchos sentidos, con el chadari. De todas formas, las mujeres del campo no lo llevan cuando cultivan. Es en gran parte un fenómeno urbano, y de todas maneras está muriendo". Esto no era del todo cierto. Las campesinas volvían la cara hacia la pared más próxima siempre que pasaba cerca un hombre que no fuera pariente suyo. Tendían a cubrir sus cabezas y caras con sus ropas.

Vivimos con el hermano mayor de Alí, Abdalá, su esposa Rabiá y sus dos hijos; todos ellos compartían casa con mi suegra Aisha, o "Bibi Jan" (Estimada Señora). Agá Jan no había vivido mucho con ella.

Mi vida era similar a la de una mujer afgana de clase alta. Mi experiencia fue parecida (pero mucho menos constrictiva) a la que afrontan hoy en día un creciente número de mujeres árabes y musulmanas. En esta primera década del siglo XXI, las mujeres que viven en sociedades islámicas están siendo forzadas a retroceder en el tiempo, vueltas a tapar con velos, vigiladas más estrechamente y castigadas más salvajemente de lo que lo eran en los años 60. Dicho esto, nunca hubiera esperado que mi libertad y privacidad fueran tan recortadas.

En Afganistán, unos cuantos centenares de familias ricas vivían según los estándares europeos. Los demás vivían en un estilo premoderno. Y así querían que siguieran las cosas el rey, su Gobierno y los mulás. Los diplomáticos occidentales no ajustaron sus políticas exteriores al trato que daba Afganistán a las mujeres. Incluso antes de que el relativismo multicultural saliese a escena, los diplomáticos occidentales no creían en la "interferencia".

El Afganistán que conocí era una prisión, una monarquía feudal, rebosante de miedo, paranoia y esclavitud.

Los afganos eran encantadores, divertidos, muy humanos, tiernos, corteses, y a veces impresionantemente honestos. Pero su país era un bastión del analfabetismo, la pobreza y las enfermedades evitables.

Las mujeres eran objeto de sufrimiento doméstico y psicológico en forma de uniones concertadas, poligamia, embarazos forzados, chadari, esclavitud doméstica y, por supuesto, purdah (aislamiento). Vivían enclaustradas y sólo se relacionaban con otras mujeres. Si necesitaban ver a un médico, sus maridos consultaban a uno en su lugar. La mayoría de las mujeres apenas habían recibido educación.

En Kabul conocí a otras esposas extranjeras, a las que les encantaba tener criados pero cuya libertad había sido socavada. Algunas europeas que habían llegado a finales de los años 40 y comienzos de los 50 se habían convertido al Islam y usaban La Cosa, como llamábamos al chadari. Cada una había sido advertida, como yo, de que todo lo que hicieran se sabría, de que había ojos por todas partes y de que sus acciones podrían ponerlas en peligro, así como a sus familias.

Los afganos desconfiaban de sus esposas extranjeras. Una vez vi a uno estallar de ira cuando vio no sólo que su mujer llevaba a una fiesta un traje de baño occidental, sino que se tiraba a la piscina. Los hombres esperaban ser los únicos que nadaran; sus mujeres sólo valían para charlar y beber.

El concepto de privacidad es occidental. Cuando salía del cuarto de estar para leer en silencio en mi dormitorio, todas las mujeres y niños me seguían. Preguntaban: "¿Estás triste?". Nadie pasaba un tiempo solo. Hacerlo era un insulto a la familia. La idea de que una mujer pudiera ser lectora ávida de libros y pensadora era demasiado extranjera como para ser comprendida.

Como todos, Alí estaba sometido a vigilancia permanente. Su carrera y sustento dependían de que fuera un hijo y un afgano obediente. Cómo me tratara era crucial. Tenía que demostrar que su relación con las mujeres era tan afgana como la de cualquier otro hombre; quizás más, puesto que había concertado su propio matrimonio, como un extranjero.

Kabul

Tras dos semanas de jornadas maratonianas de beber té y comer pistachos, mi sonrisa cortés se me había pegado a la cara. No podía entender lo que decía la gente, estaba aburrida, quería salir por mi cuenta y ver Kabul, visitar los mercados y el museo y contemplar de cerca las montañas. Me encontraba bajo una muy educada especie de arresto domiciliario. "Eso no se hace", "La gente hablará", "Dime lo que necesitas y yo te lo traigo" eran algunas de las respuestas de Alí. Por eso empecé a "escaparme" a diario de la casa.

Nunca me puse los capuchones, los guantes y los largos abrigos que me dejaban sobre los muebles del dormitorio. Respiraría hondo, saldría afuera y caminaría a ritmo americano y enérgico. Siempre saldría corriendo detrás de mí, llevando los pañuelos, una pariente o una criada. Yo sonreiría, diría "no" con la cabeza y proseguiría mi camino. Por supuesto, también era seguida por un Mercedes de la familia. El conductor gritaba: "Madame, entre, por favor. Nos preocupa que se haga daño".

A veces caminaba más rápido, o cogía un autobús o un gaudi, un carro pintado tirado por un caballo. Los autobuses eran muy coloridos excepto por dentro: mujeres completamente cubiertas sentadas aparte de los hombres. La primera vez que vi esto me reí ruidosamente, con incredulidad y nerviosismo. En cualquier caso, conforme las mujeres subían al autobús los hombres empujaban y, despectivos, hacían observaciones que yo no podía entender.

Mi familia tenía razón. Conocían su país. Sola y sin cubrir, parecía una afgana "presuntuosa" y, por tanto, era objeto legítimo de silbidos, propuestas, interrogatorios interminables, empujones descarados. Los hombres se apretarían contra mí, me sacudirían, se reirían, bromearían. Pero podía haber sido secuestrada y que pidieran por mí un rescate, llevada a una cueva, retenida durante días, violada y después devuelta. Finalmente, Alí explotó y me dijo que eso mismo le sucedió a la esposa de un ministro afgano, el cual se había suicidado después.

Tuve que ser metida en cintura. La hombría y el futuro de Alí dependían de ello. Un criado evitaría que saliera. La familia llamaría a Alí y él me llamaría para gritarme, amenazarme, rogarme o despreciarme. Me presenté en la embajada americana, que estaba en la puerta de al lado. La embajada alquilaba la propiedad a mi suegro.

Quiero ir a casa. Soy ciudadana americana –dije.

– ¿Dónde está su pasaporte? –me preguntaría el marine.

Me lo quitaron cuando aterrizó el avión. Pero me dijeron que me lo devolverían.

Cada vez, los marines me escoltaban a casa. Me dijeron que, como "esposa de un afgano", ya no era ciudadana americana con derecho a protección americana.

Todo esto sucedía antes de los talibanes. Y luego ha sido mucho peor.

La consecuencia que saco del tema es que algunas MUJERES son capaces, con tal de casarse, de ir al Culo del Mundo y con un afgano. Porque no se entiende que una fémina acostumbrada al modo de vida yankee crea que casándose con un musulmán va a vivir como una SULTANA en un imperio musulmán, y siendo Afganistan uno de los países más pobres y analfabetos del Planeta.. 

Costa Urola

Chesler The death of Feminism


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