viernes 14 de agosto de 2009

Cuando Franco se quitó el bigotito

La década que abarca de 1957 a 1967 constituye el perío­do decisivo del franquismo. El Caudillo, con su prover­bial astucia, se percató de que, salvados los traidores ba­jíos de la política internacional, la nave patria enfilaba ya, viento en popa, los escollos de una economía desastrosa.

Renovarse o morir. Había que dejarse de pamemas y echarse en brazos del sistema capitalista y de la economía de mercado. Franco se afeitó el bigotito, archivó las carpetas del proyecto autárquico y desatornilló de sus pol­tronas a unos cuantos ministros falangistas para sentar en ellas a jóvenes tecnócratas opusdeístas.

Una bocanada de aire opusdeista, con ciertos efluvios a in­cienso, circuló por las camarillas del poder. Elegantes mi­nistros y pulidos subsecretarios se movían con soltura con la estampa de san Ramiro de Maeztu en la billetera, junto a la foto de familia numerosa.

Los españoles que cada noche salían al balcón, muchos en ca­miseta, otros en pijama a rayas, a escrutar el firmamento en busca de la parpadeante lucecita del Sputnik no eran conscientes de estar doblando la bisagra de una nueva era, ni advertían que después de tres lustros de difícil equili­brio en el trampolín de la escasez, se estaban columpian­do sobre el embalse del aperturismo, de la liberalización, del neocapitalismo, de la abundancia consumista, de la sociedad del confort.

La zambullida nos tomó por sorpre­sa. En un santiamén, se abrieron las esclusas, y dos millo­nes de trabajadores españoles se vaciaron sobre Europa, mientras cuatro, seis, ocho millones de turistas europeos en paños menores trashumaban cada verano a nuestras cálidas playas, ávidos de insolación, de paella, de sangría y de burro-taxi typical.

El negocio de exportar pobres e im­portar ricos atascaba de divisas las arcas del Estado; por otra parte, crecían las inversiones extranjeras, aprovechan­do que los salarios eran bajos y no había huelgas. "Había que ser muy mal nacido y radioescucha de la emisora Pi­renaica para negarse a admitir que el pueblo disfrutaba de un bienestar sin precedentes", pensaban los capitostes.

Gas butano, tresillos de skay adornados con pañitos de croché y cojines de lana, seca­dor de pelo, batidora Turmix, frigorífico, transistores vía Ceuta o Andorra, muebles de formica y diseño nórdico, cuartos de baño con bidé en una de cada cuatro viviendas, agua caliente en una de cada dos, utilitario familiar. Del subdesarrollo pasábamos al consumismo; del desempleo, al pluriempleo. Un mundo nuevo amanecía.

Pero no se dur­mió en los laureles: se multiplicaba, timoneaba la nave del Estado con pulso firme, inauguraba pantanos, se hería en la mano "estando cazando en El Par­do", capturaba una ballena en el Cantábrico y enviaba la pelota de golf más lejos que nadie.

Había paz (XXV Años, en 1964), había pan, había fútbol, había concursos ("Un millón para el mejor"), había quinielas millonarias. ¿Qué más podíamos desear? Vivíamos mejor que nadie. Por las carreteras españolas los primeros Seat 600 iniciaban su tí­mido rodaje en manos de inexpertos neoconductores.

España daba el estirón. Quizá quedaba algo desgalichada y asimétrica: en la costa, jornal seguro de albañiles y cama­reros; en el interior, pasaporte y maleta para Alemania.

Arreciaba el éxodo del campo a la ciudad. Desertores del arado dejaban el pueblo, las boinas capadas, las tocas ne­gras y los valores morales, hasta entonces salvaguardados por el qué dirán de un vecindario chismoso, y se volvían permisivos y modernos en cuanto desembarcaban en el anonimato de la gran ciudad.

La cartilla de ahorros se ol­vidó en el fondo del secreter de la cómoda, la gente vivía al día, quería disfrutar y resarcirse de las privaciones pasa­das, consumía en cómodos plazos: "Compre ahora y pa­gue después."

La Iglesia y el Estado franquista se habían prometido amor eterno apenas acabada la guerra. El Concordato de 1953 fue su boda formal. España aportaba como dote los ministerios de Educa­ción e Información. La Iglesia se las prometía felices, pen­sando que, con esos dos instrumentos en la mano, tenía asegurada su influencia durante otros mil años.

Incluso en el propio Vaticano cocían habas: el Concilio Vaticano II dejó estupefactos a los obispos espa­ñoles. ¡El papa quería adaptar la Iglesia al mundo y no al contrario!

Se produjo una desbandada general; grupos contestatarios exigían que la Iglesia se ocupara menos de la moralidad y más de la justicia social. La jerarquía se es­cindió en dos bandos: preconciliares integristas y concilia­res progresistas. De éstos, comenzaron a salir algunos cu­ras disidentes, con preocupación social, incluso obreros, lo que ocasionó grave escándalo y quebranto entre los obispos franquistas.

La Iglesia, tan cuca siempre, evita poner todos los huevos en la misma cesta. Ve venir los cambios y sabe ganar la de­lantera. En las zonas industriales comenzaba a haber huel­gas y curas obreros entre los huelguistas.

En el País Vasco empezaba a levantar cabeza el nacionalismo, Y el terroris­mo asomaba las peludas orejas, con curas encubridores suministrando infraestructura logística e incluso algo más.

Hacia 1957, los españoles, que hasta entonces ha­bían creído que la esencia de la vida consistía en apre­tarse el cinturón, contemplaron con sorpresa cómo les germinaban debajo de los pies las semillas del consumo traídas, en vuelo estacional, por turistas y emigrantes. En tan sólo diez años, entre 1960 Y 1970, la renta per cápita del país había cre­cido en un 82 %.

Tras la remodelación ministerial de 1965, el gobierno se escindió en dos bloques antagónicos: por una parte, los retroinmovilistas, capitaneados por el vicepresidente y hom­bre de confianza del Caudillo, Carrero Blanco; por la otra, progresistas, abanderados por Fraga lribarne, que aspiraba a normalizar el país.

La dictadura se desprendió de los lastres nacionalsindicalistas Y ascendió a régimen autorita­rio dispuesto a ceder en lo superficial para mantener lo fundamental.

La Virgen se apareció a unas niñas so­bre un lentisco del Palmar de Troya, en la provincia de Se­villa. El rojerío progresis­ta avanzaba sus peones. En los foros políticos, arreciaban voces exigiendo coeducación. En 1970, el presupuesto de Educación superó al del ejército por vez primera en la his­toria del régimen.

El radicalismo estudiantil, que en París se lanzó a la calle para destruir los coches de la burguesía, en España se lanzó a los catres de los cuchitriles estudiantiles a des­truir los virgos, considerados también símbolo de la bur­guesía, del dominio papista y vestigio retro de la dictadu­ra. Las barricadas se hacían esperar.

España se estaba volviendo roja y libertaria, pero los alevines de la clase media, los chicos burgueses que hicieron el bachillerato en Acción Católica y las chicas que fueron Hijas de María en colegios de monjas, las nuevas generaciones que el ré­gimen había amamantado generosamente a sus pechos, se tomaban su tiempo antes de lanzarse a la revolución.

Fue al final, ya en la universidad, cuando se convirtieron por millares al marxismo-leninismo y se catequizaron con el Libro Rojo de Mao. Franco estaba ya gagá.

Costa Urola

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2 comentarios:

  1. Querido amigo,magnifico viaje en el tiempo.
    Lo de la iglesia,ya se sabe.
    Me has traído recuerdos de mi niñez,(ya estamos en la ITV de los 45 ),y es verdad,me acuerdo cuando llego mi padre con una radio pillada en el muelle de Santa Cruz.
    Los sillones....y todos los fines de semana los restaurantes con gentes.
    Sabes,en Tenerife sigue en pie el hotel MEDANO,lo vino a inagurar Fraga,era el boom económico de esa España que bien describes.

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  2. Gracias CHOPINGO por recordar aquellos tiempos. Eran, con la perspectiva de ahora, años cutres y de mucho presuntuoso que gustaba de exhibir cutradas.
    Pero así eran.
    No sé si recordarás que luego vino un periodo en el que al gentío le dió por poner almohadillas con bordaditos en el cristal trasero de su 600. PROBES.

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