
La isla de los GELVES, a la que hacen referencia muchas crónicas del siglo XVI, se encuentra en el norte de Africa, con cretamente en Túnez.
Los antiguos la conocían como la isla de los Lotófagos, por creer que en ella estuvo Ulises al regre so de ítaca.
Ya en 1284 los catalanes levantaron una torre y un puente que la unía con tierra; por esto se llamó al brazo de mar o canal que discurría entre el continente y la costa insular Alcántara, palabra árabe que significa puente.
Se convirtieron los Gelves en una especie de obsesión de los españoles desde que en 1510 se hiciera la primera expedición seria para dominar el territorio, la cual acabó desastrosamente por morir de sed muchos soldados y el propio general don García de Toledo.
Esto provocó un profundo dolor en la Corte y el poeta Garcilaso de la Vega compuso unos versos alusivos:
¡Oh patria lagrimosa, y como vuelves los ojos a los Xelves, suspirando!
Carlos V protagonizó la victoriosa jornada de Túnez en 1535, a la que se refiere frecuentemente Cervantes en su obra y que fue puntualmente relatada por Gonzalo Illescas.
Después de la conquista, el Emperador liberó a muchos cautivos cristianos, sometió bajo su autoridad a los jefes árabes y fortificó las costas.
Todo esto sirvió para magnificar su imagen en España y en toda la Cristiandad, como continuador de la gran obra de la Reconquista, culminada en la península Ibérica por sus abuelos los Reyes Católicos.
A partir de ese momento, actuaron los españoles muchas veces en la isla de los Gelves, tanto para castigar a los piratas como para desde allí lanzar operaciones contra Trípoli.
En 1559, muerto ya Carlos V, el rey Felipe II quiso emular en cierto modo la gesta de su padre, para conseguir un efecto propagandístico, al comienzo de su reinado, semejante al de 1535.
Algunos estudios dicen que fue el gran maestre de la Orden de los Caballeros de San Juan quien, aprovechando las paces asentadas entre España y Francia, logró interesar a Felipe II para que ordenase que se emprendiese la campaña.
Se designó capitán general de la empresa al duque de Medinaceli, virrey de Nápoles, don Juan de la Cerda; y se confió el mando de la armada del mar al príncipe Andrea Doria.
Hubo muchos fallos en la organización, lo cual se desprende de los escritos de la época y de la fiel crónica que el propio don Alvaro de Sande escribió de su puño y letra.
Tardaron las tropas en juntarse con la celeridad necesaria y tuvieron que superarse muchas dificultades; motines, enfermedades, tempestades, falta de abastecimiento...
El caso es que se perdió la ocasión propicia que hubiera sido el final del verano y el retraso hizo que se perdiera también el secreto; enterándose DRAGUT, al que le sobró tiempo para organizarse.
Llegó la expedición al norte de Africa a mediados de febrero de 1560, después de detenerse primero en Sicilia y luego en Malta.
El 7 de marzo desembarcaron las tropas en los Gelves sin oposición alguna y, tras un par de escaramuzas con los moros de allí, el jeque de los isleños y el rey de Cai Rovan se reconocieron vasallos del soberano de las Españas.
Iniciaron los ejércitos obra de reconstrucción y defensa en el castillo, lo rodearon de un amplio foso y construyeron un fuerte.
Pero el turco había sido ya avisado y se armaba en Constantinopla para venir a dar batalla.
Esto se supo a través de los espías del gran maestre, que enseguida comunicó la noticia; lo cual causó gran desconcierto en las tropas de los cristianos, parte de las cuales se apresuraron al embarque.
En medio del desorden y de la división de opiniones acerca de lo que debía hacerse, llegó la flota turca y empezó el combate.
Muchas naves de la flota cristiana fueron apresadas y un buen número de ellas destruidas. Cundió el pánico.
Consiguió escapar el duque de Medinaceli y prometió venir con refuerzos.
Los que se quedaron para defender el castillo sufrieron todo tipo de penalidades; calor, sed, hambre, enfer medades y deserciones.
Finalmente resolvió Sande salir a la desesperada y fracasó, perdiendo el fuerte y cayendo lo que quedaba del ejército en poder de los turcos.
Algunos de aquellos cautivos fueron llevados a Constantinopla (entre ellos el propio don Álvaro de Sande, don Berenguer de Requesens y don Sancho de Leiva).
Los vencedores degollaron a la mayoría de los soldados nada más tomarse la fortaleza. Mandó Piali Bajá construir una TORRE con los cadáveres a modo de trofeo, recubierta de cal y tierra.
Este macabro monumento estuvo en pie hasta finales del siglo XIX, siendo conocido como borjer-Russ, la "fortaleza de los Cráneos" o la "pirámide de los Cráneos".
Hablan de esto algunos viajeros que la vieron, describiéndola, y hasta se conservan grabados de la época que la representaban en las proximidades de la fortaleza.
Después de más de tres siglos, en 1870, a instancias del cónsul de Inglaterra, el bey (gobernador) de Túnez ordenó que se demoliera la torre y los restos fueran sepultados.
Después de la ocupación francesa, se honró la memoria de aquellos héroes y se levantó un obelisco con las fechas de la expedición y de la inhumación de los huesos.
En España, aquella campaña quedaría ya nombrada tristemente como el "Desastre de los Gelves".
Fue una importante derrota de la armada de Felipe II que la "propaganda"oficial se encargó de disimular.
Trataron de buscarse responsabilidades y de hallar culpables de la desorganización y la derrota final.
Prueba de ello son la Relación que don Alvaro de Sande dio a su Majestad y las Anotaciones hechas por el Duque de Medinaceli al relato de don Alvaro de Sande, dos amplios testimonios en los que ambos militares dan las explicaciones oportunas acerca de los hechos.
Posiblemente, la causa de que este gran desastre quedase olvidado y apenas sea conocido, se encuentre en la gran victoria posterior de la armada en la batalla de LEPANTO, cuya importancia y renombre fue tan grande en adelante que "sepultó" muchos de los fracasos anteriores contra el turco.
Tellagorri

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